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TROPEZONES

"Pero dígame, sra. Lincoln..."

Entre las variopintas actividades que me ha tocado desarrollar a lo largo de mi vida, recuerdo la de lector de manuscritos. Cuando uno como es mi caso, y aunque en una muy modesta medida ha tenido la suerte de verse publicado, no es infrecuente ser requerido por alguna editorial para desempeñar el papel de corrector, o mejor dicho de valorador, ante la pléyade de originales que suelen serle remitidos a la empresa con la esperanza de merecer su publicación, y a la que el equipo editorial no tiene ni tiempo ni paciencia para evaluarlos.

Pero recuerdo que en cierta ocasión me fue remitida una obra cuya lectura en diagonal del primer capítulo ya dejaba bien a las claras que no había por donde cogerla: faltas de sintaxis, sin ritmo, adjetivos multiplicados que lejos de enriquecer entorpecían la comprensión, tramas absolutamente previsibles y reflexiones metidas con calzador sin venir a cuento en el presunto guión del libro.

Pero lo curioso ante este estropicio formal, por supuesto descalificado por mi parte sin haberme dignado leérmelo hasta el final, fue la reacción del editor. Por razones que desconozco, pero que me imagino pudieran tener que ver con algún lazo de sangre entre el escritor y el empresario, me volvió a consultar, sobre si por ejemplo haciendo ciertos cambios la obra pudiera ser aprovechada, inquiriendo además "qué me había parecido", como si el feroz maltrato de la forma no tuviera por qué afectar al fondo.

Normalmente una simple respuesta telefónica, o hasta un lacónico wasap, hubieran sido más que suficientes para poner las cosas en su sitio. Pero la enormidad de lo que se me pedía me obligó a tener una larga conversación con el editor, al que creí oportuno relatar una anécdota que dejara clara mi posición y a salvo mi responsabilidad.

Es bien conocido el horrible asesinato de Abraham Lincoln cuando asistía con su esposa a una función en el teatro Ford de Washington el 14 de abril de 1865. Se trataba de una obra cómica, El sobrino americano, y cuando iban ya por la última escena del tercer acto, aprovechando una salva de carcajadas tras una ocurrente réplica del protagonista, John Wilkes Booth, que se había colado en el palco presidencial, escogió el momento para descerrajarle un tiro en la cabeza al presidente, que se desplomó sin vida sobre el antepecho de su asiento. Estos hechos son bien conocidos por haber sido relatados miles de veces y representar además el más importante de los frecuentes magnicidios del joven país, eslabones al fin y al cabo consustanciales a su historia.

La que tal vez no sea tan conocida es la anécdota (aproximada) de un amigo de la familia, presente en la fatídica función, que tuvo la ocurrencia de preguntarle a la esposa del presidente tan sólo unos días después: "Pero aparte de lo ocurrido, dígame, Sra. Lincoln, ¿qué le pareció la representación?"

No estoy muy seguro de que el editor comprendiera el sentido de la anécdota aplicada al atentado literario de la obra que pretendía apadrinar; aunque bien pensado tal vez sí guardara alguna relación mi símil histórico con el largo periodo de barbecho que transcurrió hasta que me confiaron la lectura de un nuevo manuscrito.

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