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Crónicas galantes

Nalgas reaccionarias

Allá en la famosamente liberal isla de Ibiza acaban de censurar a los autores de un cartel en el que posaban cuatro señoras con las nalgas al aire. Bastó que la autoridad competente reprochase el carácter "degradante" y "grosero" del afiche para que los dueños del restaurante que se anunciaba lo retirasen de circulación. No es que la libertad de expresión vaya de culo, pero casi.

Casos como este se han dado desde siempre en España, aunque las razones van variando según las épocas. En tiempos del general Franco, por ejemplo, la censura se ejercía directamente con el loable propósito de velar por la pureza de las costumbres. Cuatro décadas después de aquel régimen vagamente islámico, las nalgas, pechos y carnes en general sufren una parecida vigilancia en nombre de la dignidad de la mujer y de la corrección política. El resultado, no obstante, empieza a ser el mismo.

Años atrás, una fundación benéfica de Vigo acabó por retirar las invitaciones a cierta gala porque el tarjetón incluía la foto de una joven semidesnuda y, lo que acaso fuera peor, rubia. Al igual que en el lance de Ibiza, las autoridades en materia de Igualdad exigieron -y obtuvieron- la retirada de esa imagen que, a su juicio, mancillaba el decoro de las mujeres al convertirlas en mero reclamo sexual. No era para menos, dado que la mentada señora iba vestida únicamente "con una sábana a modo de túnica que le cubre la mitad del torso", según el dictamen de los inquisidores.

Esta estricta vigilancia no deja de evocar las normas que aplicaba el ministro de Información y Turismo Gabriel Arias Salgado. Imbuido de celo casi apostólico, aquel santo varón -que hoy tal vez sería reputado de feminista- no dudó en prohibir la publicación de fotos de trajes de baño "con señora dentro". Una extraña fórmula de la que se deduce que la señora debería estar fuera del bañador o, mejor aún, no estar.

Tamaño pudor debió de parecerle exagerado al propio Franco, que sustituyó al pío Arias Salgado por el mucho más liberal Fraga Iribarne. El nuevo ministro levantó la prohibición para llenar las playas españolas de bikinis con suecas dentro. Por entonces no había internet ni memes, pero aun así el ingenio popular ideó un lema al respecto: "Con Arias Salgado, todo tapado; con Fraga, hasta la braga".

La obsesión por las bragas y los culos llevó también al gobierno islamista de Turquía a censurar las braguitas de Heidi en un libro de texto escolar. La idea del presidente Erdogan, nuestro socio en la fugaz Alianza de Civilizaciones, era apartar a los niños de los malos pensamientos que llevan al pecado. Y ahí sigue el hombre, poniendo velos y telas a las señoras para proteger su dignidad.

Aquí no hemos llegado aún al extremo de incomodarnos con la ropa interior de los personajes de dibujos animados, ni a crear una Policía para la Preservación de la Virtud como la que se encarga de azotar los tobillos de las descocadas en Arabia Saudita. Pero todo podría ocurrir, naturalmente.

Basta con que sigamos manteniendo la conflictiva relación con el sexo y el desnudo que históricamente ha caracterizado a este país, aunque ahora lo hagamos en nombre de elevados principios progresistas. De momento, ya hemos descubierto que los culos son reaccionarios; y las túnicas que dejan ver "la mitad del torso", intolerables. De los bañadores con señora dentro no di-cen nada aún las autoridades competentes.

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