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La sencilla sonrisa de Luis

Con la misma discreción con la que había vivido se nos fue Luis Morales. Me desperté esta tarde de una breve cabezada que estaba dando con esta triste noticia. No sabía nada de su grave enfermedad, aunque si del merecido reconocimiento con que le había reconocido hace unos pocos días el Cabildo de Lanzarote.

Le recuerdo ahora de muy joven, cuando lo conocí trabajando como simple mampostero a las órdenes de su padre allá por los años cincuenta del pasado siglo, en la cuadrilla de obras del Ayuntamiento de Arrecife del que llegué a ser alcalde accidental Tenía siempre en su cara una sonrisa permanente, sonrisa que mantuvo cuando, para sorpresa de todos, ascendió de cargo de simple peón al de encargado de las obras del Cabildo de Lanzarote, de la mano de su presidente Pepín Ramírez, que con su extraordinaria visión de futuro vio en Luis Morales los valores de honradez y competencia, que tanto admiraba. Durante una larga década lo traté en encuentros cortos pero muy frecuentes cuando, acompañando a Pepín visitaba las obras directas proyectadas por el Cabildo o en las sugeridas magistralmente por César Manrique. En todo caso la sencilla sonrisa y los ojos vivarachos nunca le faltaban a Luis. No volví a verlo hasta la apertura al público de la vivienda de César en Haría y la última vez el pasado año pasado en la Fundación César Manrique cuando presenté mi trabajo literario sobre César y Pepín. Con la misma sonrisa, ahora más amortiguada por los años, pero con la misma elegante discreción que siempre había vivido. Luis Morales se nos fue pero siempre quedarán entre nosotros como las manos laborables del hombre que sacó a Lanzarote del vertedero para llevarlo a la gloria.

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