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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Mezclilla

Truculento adiós de las hermanas Pis

Desde que, en la pasada primavera, la hermandad de Las Inocencias expulsó por unanimidad a Olivia Pis, tras haber sido acusada por Obdulia Pis de manifestar repugnancia, asco y odio respecto del colectivo de lesbianas, gays y transexuales, incluida ella, su propia hermana, a la que en una ocasión, hablando por teléfono con una amiga, en un tono intencionadamente alto para que la oyera, calificó de puerca y guarra lamechochos, a la vez que solía afirmar públicamente que las personas homosexuales eran unas criaturas monstruosas y degeneradas que deberían vivir aisladas en campos de concentración, lejos de la gente normal, no aquejada de esa horrible tara, ninguna de las cofrades había sabido nada de las hermanas Pis, pues no contestaban a los mensajes ni respondían a las llamadas telefónicas, por lo que supusieron que se habrían ido fuera, en uno de esos viajes repentinos que de pronto hacían y, en consecuencia, no sería nada extraño que recibieran de golpe cada una dos docenas de fotografías bañándose en una playa de Alaska, hasta que, una mañana de julio, por medio de Margot Pis, prima de ellas, llorosa y balbuciente, se enteraron consternadas de que habían sido encontradas muertas por la señora que les hacía la limpieza diaria de la casa, debido a ingerir una brutal sobredosis de barbitúricos. Se murieron abrazadas en la cama de Olivia, que era la más ancha; y prendido en la colcha habían dejado un sobre en el que rezaba lo siguiente: "Exclusivamente para nuestras hermanas Las Inocencias. Solo para ellas. Y que se le sequen las manos malditas a quien no cumpla esta petición". La limpiadora le había dicho que no había mencionado la existencia del sobre durante su declaración a la policía, y no pensaba que había obrado mal cumpliendo el deseo de las difuntas. Margot le pidió que no hablara de ello a nadie. Y estaba segura de que la mujer permanecería callada, porque adoraba a las dos hermanas.

Después de que Margot se marchara, echaron a suertes quién sería la que abriera el sobre y leyera su contenido. Y fue la dulce y compungida Meli, Melina Pombal, quien con manos temblorosas rompió el papel para comenzar a continuación la lectura con voz mucho menos quebrada de lo que las demás esperaban:

Queridísimas hermanas de la hermandad de las Inocencias, sabemos que conocer nuestro final y la lectura de este par de cuartillas os entristecerá y será también causa de algunas lágrimas.

Queremos que sepáis que la expulsión de la cofradía de Olivia fue para las dos muy dolorosa, aunque ambas estemos totalmente de acuerdo en que no podía pertenecer a ella teniendo esos prejuicios tan venenosos. Y los sigue teniendo, en este momento en que ya hemos comenzado nuestra marcha para salir de este mundo, pues solo está arrepentida de haberlos manifestado públicamente causando con ello mucha pena y sufrimiento en su entorno. A ella le dolió infinitamente que la echáramos de la hermandad, una decisión que lastimó también a su hermana, Obdulia, aunque la apoyó por justa y necesaria. Después Olivia le confesó que no quería seguir viviendo, que no le interesaba nada de la vida ni de este mundo y que no tenía paciencia para esperar que una enfermedad grave y sin cura o un conductor borracho o el desprendimiento de una teja la mataran. Y también le aseguró que lamentaba y se sentía muy culpable de haberla vejado, humillado, maltratado con sus palabras odiosas sobre su sexualidad. Así que, su hermana, vuestra Duli, al no conseguir, después de pelear y pelear por ello, que Olivia, su querida Oli, abandonara su intención de suicidarse y ya que, además, tampoco a ella le seducía lo más mínimo permanecer aquí, en este mundo aborrecible sin ella, su hermana mayor, decidió acompañarla en su viaje. De modo que hicieron acopio de barbitúricos y de toda clase de psicofármacos con la ayuda de alguien cuyo nombre no pueden revelar, puesto que le prometieron guardar total sigilo en lo tocante a su colaboración; y así fue que un atardecer decidieron que, cuando anocheciera, se meterían en la misma cama y se dormirían para siempre, abrazadas como en las noches en que, de pequeñas, tenían mucho miedo de que papá matara a mamá, a la que insultaba y pegaba, mientras ella le gritaba y le pedía por favor que dejara de machacarla; pero a veces sus noches eran muy felices cuando él decía que llegaría tarde porque tenía una cena de trabajo, pues sabían que no regresaría hasta que ellas se levantaran. Entonces mamá les cantaba su canción, la que tanto les gustaba y que canturreaban muy bajito al anochecer, si él estaba en casa, dispuesto a torturarla, pues pensaban que aquella canción era mágica y la protegería de insultos y golpes. Es una breve cancioncilla que dice así: "Mis niñas son dos, como las de mis ojos. Las miro y me digo que ellas son mi amor, mi único amor, mi luz y mi gozo".

Acabamos de poner fin a este escrito y vamos a meterlo en el sobre, en el que ya escribimos el nombre de las destinatarias, vosotras; y lo prenderemos con un imperdible en la tela de la colcha, a los pies de la cama, de manera que le será del todo visible a quien entre en la habitación, descubriéndolo, por tanto, de inmediato, y que será la persona que os lo haga llegar a vosotras.

Os besamos a todas las Inocencias y estamos las dos seguras de que no moriremos para vosotras, porque siempre nos reviviréis en vuestro recuerdo.

Oli y Duli os dicen cariñosamente adiós y os piden que no las lloréis y sí que habléis de ellas y de los días felices que vivisteis a su lado.

Melina Pombal se abanicó con la última cuartilla tras terminar la lectura, rompió a llorar y echó a correr en dirección al cuarto de baño, de donde regresó más llorosa aún, de manera que su llanto contagió a las demás, convertidas en fuentes de lágrimas.

Pero muy poco después Melina Pombal las dejaría a todas ellas patidifusas, patitiesas, atónitas, turulatas y demás sinónimos, al verla aparecer en el tanatorio vestida por entero de negro, desde las dos peinetas que le recogían el pelo hasta el collar de azabache y los zapatos de charol, aunque lo que más las impactó fue la extravagancia de llevar en brazos a Josefín, su gato, también ataviado con suma elegancia y de luto riguroso.

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