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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El mundo que nos habita

La cuestión de qué es un individuo atrajo mucha polémica cuando se aceptó la selección natural como motor de la evolución. ¿Sobre quién se ejerce esa selección? Hoy se acepta que el individuo puede ser desde el gen hasta la especie. Esto nos da una idea de lo borrosos que son los límites de la individualidad. Baste saber que en cada uno de nosotros habitan multitudes, como decía el poeta. Walt Whitman se refería a sus infinitas formas de ser, y de estar -yo, aquí-, a la multitud de bacterias que forman parte de nosotros. Es el llamado microbioma, que parece que alcanza los 30 billones de bacterias, un número similar al de las células del organismo según algunos cálculos.

El microbioma que más atención recibe es el del intestino, que algunos llegan a considerar un órgano con capacidad de influir en todas las funciones del ser humano, incluidas las mentales. Pensar con el estómago, como alegóricamente recomiendan algunos gurús para evitar la excesiva racionalidad.

La sepsis neonatal es una de las principales causas de muerte en los primeros días de vida. Un grupo de investigadores dirigido por el doctor Panigrahi de la Universidad de Nebraska ha examinado hasta 280 tipos de probióticos para estudiar la capacidad preventiva de estas bacterias. Se centraban en la sepsis neonatal. Entre otras cosas, vieron que para sus propósitos los probióticos que venden en farmacias y tiendas de salud no sirven para nada. Pero sí encontraron una cepa de lactobacillus obtenidos de bebés sanos ( Lactobacillus plantarum ATCC-202195) que cuando se da preventivamente a los recién nacidos durante una semana evita el 40% de las sepsis. El estudio, realizado en la India, enroló a 4.556 recién nacidos, y a la mitad, al azar, se les dio el probiótico. El coste es de un dólar. Los resultados, publicados en Nature, son tan espectaculares que obligaron a los investigadores a suspender el ensayo clínico para evitar que el brazo control no se beneficiara de tan potente tratamiento. No se sabe aún cómo funciona, quizás estabilizando la pared intestinal de manera que se evite que las bacterias potencialmente patógenas entren en el torrente sanguíneo, quizá estimulando el sistema inmunológico, en construcción en estos bebés. Lo que sí parece claro, de acuerdo con el doctor Panigrahi es que el uso de bacterias intestinales debe condicionarse al problema que se trata, lo mismo que los antibióticos: la ingesta de las inadecuadas puede poner en peligro la vida del sujeto.

Sin embargo, hace ya tiempo que se realizaron algunos experimentos para tratar con heces una de las diarreas más complicada de atajar, la producida por Clostridium dificile: mejora con el trasplante de heces de individuos sanos. Comparado con el tratamiento estándar, el antibiótico vancomicina, el trasplante es más eficaz en cortar la diarrea pero no está claro que evite más muertes, produce más efectos secundarios y es más barato.

Cuánto dependemos de un sano microbioma es una pregunta para la que aún no hay respuesta sólida. En primer lugar, porque no sabemos cuál es, qué cantidad y mezcla de bacterias es la más saludable. En segundo lugar, porque no sabemos qué enfermedades pudieran estar asociadas a un microbioma inadecuado.

Si un mal microbioma facilita el conjunto de enfermedades y alteraciones crónicas, como hipertensión, diabetes, colesterol elevado, cáncer o enfermedad cardiovascular, quizá la verdad se pueda buscar en nuestros ancestros. Y una buena representación de ellos pueden ser los actuales cazadores recolectores. El grupo del doctor Sonnenberg, de Stanford, acaba de publicar un estudio en Science en el que examinaron durante todo el ciclo anual las heces de los Hadza, un grupo de cazadores recolectores de Tanzania que en la estación seca se alimenta principalmente de tubérculos y caza, y en la húmeda, de bayas y miel. Ya hace años la doctora Schnorr había visto que los Hadza tenían un microbioma más variado que los italianos y que albergaban algunas bacterias que los boloñeses no tenían. Ahora sabemos que además su composición varía de una forma predecible, quizá en respuesta a esas fluctuaciones regulares en la dieta. Porque desde hace tiempo se conoce la capacidad adaptativa de la flora intestinal a la dieta, una acomodación que ocurre en cuestión de días. Es curioso que las bacterias que más fluctúan a lo largo del año en los Hadza son precisamente las más escasas o inexistentes en los intestinos de los humanos industrializados. ¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? De momento creo que pocas. En una entrevista, el doctor Sonnenberg dice que las bacterias se alimentan de la fibra vegetal cuando la hay y si no producen mucina. Esta enzima ataca la pared intestinal de manera que les sirve de alimento: "Si no hay fibra, las bacterias se comen el intestino".

El señor de Montaigne tenía una obsesiva preocupación por la marcha de su intestino. Quizá no estuviera equivocado. Como una estación de tratamiento de residuos, su capacidad depuradora depende de la flora bacteriana, conservarla equilibrada puede ser clave para la salud.

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