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Crónicas precarias

El triunfo de la desidia

Lamentable. Cuatro sílabas bastan para definir el programa de reparto de refugiados impulsado por la Unión Europea hace dos años y que finalizó el pasado martes. Un sistema de cuotas condenado al fracaso, pues fue concebido más como un fastidioso arreglillo burocrático que como una solución real para la crisis humanitaria que llamaba a las puertas de nuestro continente.

Los responsables de los Estados miembros hablaban de acoger a víctimas de la guerra con la misma desidia con la que hubieran tratado un inventario de cajas de clavos. De hecho, quizás los clavos habrían sido recibidos con mayor júbilo, ya que al menos sirven para clavar cosas, son funcionales. En cambio, ¿para qué sirve un refugiado? Que sí, que está lo de salvar vidas humanas y tal, pero, en serio, ¿para qué sirve? "- Te cambio estos cuatro adolescentes de Damasco por esta familia de Alepo. ?Ay no, que de Alepo ya tengo muchos repetidos, ¿no te sobra algún anciano de Homs?".

Con semejante entusiasmo, no es de extrañar que el sistema haya sido un fracaso mayor que mi paso por las clases extraescolares de gimnasia rítmica. Para empezar, de los 1,4 millones de migrantes que llegaron a Europa por mar entre 2015 y 2016, únicamente 100.000 fueron evaluados como refugiados aptos para ser acogidos. Pero es que, de este grupo, sólo se ha conseguido reubicar a 30.000. Tres, cero, cero, cero, cero. Una cifra ridícula, absurda. Damos bastante vergüenza, qué queréis que os diga.

Bruselas todavía aspira a colocar a otros 6.000 individuos que permanecen atrapados en los limbos de Grecia o Italia. Eso sí, siempre y cuando los Estados quieran y no les resulte una perturbación demasiado perturbadora. No es cuestión tampoco de que se sientan obligados a aceptar a esa masa humana que lo ha perdido todo y huye desesperada de la miseria y la violencia. Sin agobios, sin estrés, tranquilitos. Lo importante es que no nos dé un jamacuco ahora por culpa de los refugiados.

La actuación española, por si lo dudabais, ha sido tan cutre como decepcionante: después de comprometernos a acoger a 15.888 personas, finalmente sólo hemos aceptado a 1.257. Un festival de empatía y solidaridad, nena.

Tiene que ser duro: estás tú ahí abordando asuntos importantes, acuerdos importantes, reuniones importantes e informes importantes cuando, de repente, llega un montón de gente huyendo de la guerra a trastocarte la agenda. Así no se puede trabajar. No pretenderemos que nuestros dirigentes abandonen sus tareas cotidianas para solventar con eficacia el pequeño contratiempo de que haya personas demandando auxilio a unos quilómetros de distancia. Que pidan hora y aguarden pacientemente entre los charcos de barro de los campamentos, que esto es un sitio civilizado.

Tampoco es que los ciudadanos de a pie estemos demasiado escandalizados con el tema. Tras una temporada de implicación, el drama de los refugiados se ha hundido en las arenas movedizas del olvido. Otra tragedia que primero nos conmueve y al poco tiempo nos produce pereza. Mientras, los nazis han vuelto al Parlamento alemán. De verdad, nos está quedando una Europa de catálogo. Para ponerla en el salón con un lazo y enseñarla a las visitas.

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