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Contra los sentimientos

Me siento con unos amigos y una botella de Lagavulin a ver La sexta noche prometiéndonos un chupito cada vez que un contertulio diga "sentimientos". Un avezado comentarista político de habituales opiniones sensatas comenta que cualquier solución para el problema catalán tendrá que contar con los sentimientos de dos millones de catalanes. Zasca, de un trago. Una representante política de un partido ambiguo se queja de la cantidad de datos económicos que se están ofreciendo, ya que, en su opinión, el problema posee ante todo una naturaleza sentimental. Catapún, el segundo. Uno de mis amigos, al que el médico le ha recomendado moderar su consumo de alcohol, nos pide cambiar al Deluxe de Telecinco, ya que seguro que ahí se está hablando de sentimientos menos que en la tertulia política de la Sexta.

Los sentimientos son la parte más vulgar, irracional y voluble de la conducta, la que más atonta y aísla. Esta idea extrañará a los que se tragan los anuncios de El Corte Inglés como filosofía de vida, a los que creen que la unidad de medida del ser humano es el "me gusta". Y si los sentimientos distan de ser lo más noble de la condición humana, los sentimientos territoriales en particular se convierten en su hez. La patria sólo es el nombre que los cursis -siempre buscando esencias y purezas en las pelusas de sus ombligos- dan a la agencia tributaria, y creer que el debate político subirá de nivel si se cambia la escala jurídica y económica por la escala sentimental es como pensar que Tomás Roncero mejora la calidad de los debates deportivos.

Se clama que entre 2011 y 2017 el sentimiento independentista subió del 11% al 47%. Por tanto, entre 2017 y 2023 podría bajar del 47% al 11%. Bastaría un reguetón bilingüe, un cambio de gobierno, otro mundial de fútbol o un par de historias de amor muy románticas entre rojigualdos y estelados, así de mobile es el patriotismo. Mis amigos y yo terminamos la noche borrachos. De whisky y de sentimientos. Que la resaca de éstos no sea peor que la de aquél.

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