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en voz alta

Agitadores sin valentía

Estoy cansado y aburrido de la farsa secesionista, de los tahúres que la han administrado, de los agitadores de sentimientos primarios, pero poco valientes a la hora de asumir sus responsabilidades, de los divertidos montajes que reúnen a alumnos universitarios en botellones independentistas, de las Colaus y demás podemitas en su doblez, de sus insultos a España aquí y fuera tratándonos de fascistas y que transmite en el extranjero la injuria de que somos una nación autoritaria. Mezquinos. De la torpeza del veleta Puigdemont, llevando al ridículo internacional a su tierra ofreciendo todo, cual chantajista profesional a cambio de su inmunidad para sus posibles delitos.

Ante este desasosiego quise ver lo que pensaban mis amigos de siempre. Ellos, los de la niñez, los de la Academia de la vida en su pluralidad y sentido común, hoy ajeno a las aulas universitarias demasiado influenciadas por la corrección política que encorseta y ahoga, los que viven el día a día, ajenos a intereses políticos y a siglas, los que tienen familias y trabajos, problemas cotidianos que ocupan el lugar que corresponde en importancia en la vida, muy superior al mercadeo de los puestos y votos, a las renuncias a lo dicho y a la aceptación de lo antes negado, sabrían lo que siente la gente normal. Sabría así lo que puede interesar a todos, que intuía más profundo ya que el problema catalán. Quería saber por qué se ha llegado aquí, por qué la gente ha salido en tromba a defender la idea de España, por qué algunos partidos hasta hace poco destacados en sus consignas antisistema se han visto silenciados por esta marea de sensatez demandando el regreso al Estado de Derecho, al constitucional.

Y descubrí lo obvio, el hastío y el rechazo, esta vez no silencioso, sino activo, ante quienes desde hace diez años decidieron cambiar este país, la Constitución de la concordia, recuperar una guerra incivil ya superada y resucitar interesadamente a un Franco enterrado y olvidado, revivir insensatamente las dos Españas humillando a la mitad de españoles y elevando incondicionalmente la otra, ignorando sus defectos y pecados. Lo tenían claro mis amigos, Cataluña y su golpe brutal es el efecto de una causa iniciada por Zapatero, por su frentepopulismo contra la derecha democrática, por su memoria histórica que algunos quisieron utilizar para fracturar de nuevo España, cuna o origen de grupos antisistema que nacieron en una crisis económica que aprovecharon para menospreciar nuestro sistema democrático pidiendo, con la boca pequeña, el regreso de 1931 y la vuelta atrás del reloj de la historia. España lleva diez años sembrando lo que ahora ha reventado; Cataluña ha sido el estallido en el que se ha puesto en juego la paz y muchos quieren y anhelan volver a los tiempos calmados de la concordia, los que han dado a este país el mayor progreso de su historia, del respeto al sistema y de su mejoramiento. No quieren revoluciones, ni retos antidemocráticos, no quieren radicalismos, ni correcciones políticas, sino libertad, no quieren seguir la senda cubana o venezolana de tanto joven ahíto de venganza que ignora que pertenece a la generación que mejor ha vivido en la historia. Otra cosa es lo que quieran hacer en el futuro, porque el nacer y vivir en la comodidad debilita la voluntad y refuerza la idea de tener derecho a todo a cambio de nada.

Mis amigos metían sabiamente en el mismo saco a secesionistas y radicales, entre los que incluían a Podemos y todos sus aliados en mareas, comunes y singulares, tantos y tan variados como ambiciones las sustentan. No son las CUP algo diferente a los podemitas, que en este trance se han aliado con todo lo que supusiera riesgo para el Estado, esperanzados en ver caer el sistema para implantar e implantarse ellos. Lo hemos visto y hemos comprobado. Podemos es la trinchera triste de la agitación, que busca destruir el sistema confrontando una mitad de la ciudadanía con la otra. Y, peor aún, desautorizando a las instituciones que degradan en su posición constitucional y a sus integrantes, en general intelectualmente dignos de respeto, a los que atacan y denigran constantemente. El falso igualitarismo que predican tiene como consecuencia el reino de la mediocridad, única posibilidad de que esta muchachada triunfe.

Es el momento de reivindicar el orgullo de nuestro sistema constitucional, que supo construir yendo de la ley a la ley. Es el momento de repudiar a quienes pisotean nuestro pasado más reciente solazándose en la estupidez del odio recuperado. Sobran y son dañinos. Más que náusea dan tristeza que diría Aute. Es el momento de empezar a alejar de la normalidad a aquellos que no lo son y colocarlos en el lugar que les corresponde, la irrelevancia. Hay que defender la democracia y esta nación frente a quienes no creen en una y otra. Hemos visto el peligro y no cabe volver a la pasividad.

Y esto no es fascismo, como tanto bobo repite ante quien disiente de sus majaderías, sino democracia. No lo entenderá esta plaga de insensatos. Mis amigos, sí.

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