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la suerte de besar

El sentido del humor no nos salva, pero ayuda

Hace años viví la experiencia nada agradable de tener que elegir una urna (no electoral). Era para las cenizas de un familiar muy querido. Una elección difícil para un momento triste. Contra todo pronóstico, el catálogo de opciones es amplísimo. Es más fácil comprender qué prestaciones cubre un seguro que decidir qué urna quieres. Ecológica, grande, carísima, biodegradable, cuca, decorativa. Elegí una básica y al cabo de unos días fui a recogerla con alguien de mi familia. Una experiencia dura. La decoración fría del espacio, la gente seria, tanta añoranza, el llanto y la temperatura de un mes de julio bochornoso. Salimos del tanatorio agarradas del brazo y con la urna en las manos. Llegamos al coche y como las cenizas eran de una persona mayor me senté detrás. Un gesto de deferencia post mortem. La urna descansaba en el asiento del copiloto y, de repente, oí la voz firme de mi acompañante diciendo: "Le voy a poner el cinturón de seguridad. No vaya a ser que nos pare la Guardia Civil". Ay, el sentido del humor. El amor y la pena por la persona que se había ido eran las mismas, pero la risa endulzó el momento. El sentido del humor debería ser asignatura de práctica obligada en el colegio.

Andreu Buenafuente compartía en Twitter una frase que alguien le había escrito: "El humor es la paz" y añadía un "qué bonito, qué sencillo y qué difícil". Últimamente, leer algo amable y calmado en una red social es un hito extraordinario. El humor relaja, rompe barreras y reconcilia con el entorno. Si yo hubiese sido Andreu habría añadido que hacer humor del bueno y del respetuoso es, además, de personas inteligentes. Seguramente, ésa es la razón por la que pocos políticos lo practican. La risa floja nerviosa previa al llanto no cuenta.

Los expertos en relaciones aconsejan que para que las parejas pervivan es necesario confiar, comunicar, respetar, estar juntos pero no siempre revueltos y el sexo. En cuanto leo ese quinteto de bienaventuranzas echo en falta reír. Pervivir sin echarte unas risas parece poco soportable. Mis amigas siempre las han tenido en cuenta en su selección natural. A los 20 años, un tío guapo, malo y divertido era el no va más. Alrededor de los 30, el envoltorio dejó de ser prioritario y los inteligentes se convirtieron en los reyes del mambo. Cuanto más incomprensible fuera la inteligencia, mejor. A más fórmulas, gráficos y numeritos Pi manejara, más sexy resultaba. Pero, ojo, se le exigía una carcajada entre raíz cuadrada y ecuación integral. A los 40, el manitas es el nuevo icono sexual. Un buen compañero que sepa colocar una alcayata, arregle los filtros de la lavadora, le dé cuatro martillazos a la puerta encasquillada y analice la realidad en clave de humor. Casi nada.

Hay que ser muy capaz para hacer humor del bueno. Hay que ser muy inteligente y valiente para dar un paso atrás y reírse de uno mismo. Es un ejercicio de humildad. La realidad abruma tanto, la mires por donde la mires y la escuches por donde la escuches, que, ante tanta sinrazón, lo único que muchos buscamos es el humor. Del bueno. De ése que es la paz.

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