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El árbol, enemigo

Sus raíces revientan las calles, sus ramas molestan las casas cercanas, sus hojas ensucian las aceras, sus troncos obstaculizan aparcamientos? y su vista en general no es grata ni para los paseantes ni para los políticos ni para los ingenieros de carreteras, ni siquiera para los técnicos y menos para los jardineros podadores que se dedican con verdadera fruición a convertir cualquier árbol vivo en tocón muerto. En resumen: no nos gustan los árboles en carreteras, ni en paseos, ni en ciudades. Entonces, ¿para qué los plantamos?

No nos gustan, hay que reconocerlo. En esta tierra el árbol de gran porte es visto como un obstáculo molesto al que hay que cargarse tarde o temprano, de una manera u otra, por una razón o su contraria. Cualquier vecino está presto o bien a llamar a su ayuntamiento para animarle a talar el que tiene enfrente o bien lo va matando por su cuenta a chorritos de petróleo. Y a cualquier Ayuntamiento lo primero que se le ocurre para ampliar, limpiar o adecentar una calle o carretera es despejarla de árboles.

Y es que no nos gustan. A la gente de aquí sí que le gusta algo verde: le gustan "los matos" o arbustos cerca de sus casas, pero no los árboles. Asimismo políticos y técnicos se decantan o por los arbolillos esmirriados y enclenques o por los troncos desmochados que dejan los podadores a su paso. A eso, justamente, se refieren cuando dicen que van a "sustituir" esos árboles que talan sin parar, inasequibles al desaliento e inmunes a la crítica. Sucede como con las mascotas: a todo el mundo le gustan los cachorritos, ¡ah pero cuando crecen y se transforman en animales adultos que se suben a los sillones, que ensucian cantidad y que hay que cuidar y llevar al veterinario, eso es otra cosa! Queremos árboles como cachorritos: rabujientos y que no crezcan ni por la copa ni por las raíces, ni que se extiendan ni que se engorden, ni que haya que cuidarlos.

Por eso cuando oigo hablar de "sustitución" o "repoblación de arboleda" -sea en ciudad o en carretera- desde la perplejidad y el inicial pasmo de los sentidos que me producen esas palabras se me ocurre una pregunta de lo más sensata: oigan ustedes, ¿por qué no plantan geranios? Estos ni levantan las calles, ni estropean la vista, los coches los pueden pisar, etcétera.

Para los que me contestan que, claro, que los geranios y matos en general no dan sombra, les hago otra propuesta: pongan árboles de plástico (¿no han puesto ya césped de plástico en varios parterres de El Monte?). Ahora, justamente, es el momento oportuno cuando se quieren liquidar los -escasos ya- eucaliptos y demás especies que quedan bordeando la carretera del Centro. Ahora que se quieren cargar la mayoría de árboles de la carretera de Teror (para comodidad de los peregrinos y las guaguas, alegan). Ahora, repito e insisto, no es desalumbrada la pregunta: ¿por qué no los sustituyen, si no por los iniciales geranios que apuntaba, por grandes árboles de plástico, o plastificados, como me precisó un amigo? Miren: no ensucian, no crecen, no levantan el firme y además, dan sombra. Y si más tarde los quisieran mover de sitio, ya sea para que pasen más peregrinos o ya sea para que se deslice con comodidad la Metroguagua o el tranvía que irá al Roque Nublo, pues se ruedan, se mudan de sitio, se pegan otra vez al suelo y ya está.

Háganme caso: no gasten dinero en repoblar hoy lo que van a talar o desmochar mañana: no se lo va a agradecer nadie. A la gente no le gustan los árboles: crecen sin tino y de forma antojadiza, estorban, empuercan? Planten geranios o plastifiquen.

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