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reflexión

Barataria, manual de gobierno

Medio en serio, medio en broma, amigos y familiares me reclaman una opinión de psiquiatra sobre el procès y sus líderes. Tal vez piensen que me guardo algún diagnóstico en la manga, aunque les tengo dicho que no ejerzo extramuros. Psiquiatrizar este asunto, que tantos quebraderos de cabeza viene costando a tantísimos expertos, sería una estupidez y una impostura. También un simple infundio, si la etiqueta diagnóstica recayera en individuos concretos.

Puede que, a pesar de todo, se detecten tics profesionales en lo que voy a decir. En tal caso, tómese todo como un ensayo de "diagnóstico grupal", otorgando a la expresión su sentido más metafórico.

Todos los miembros del govern, lamentablemente encarcelados o en trance de serlo a estas horas, parecen afectados por un mismo achaque: el de confundir la apariencia con el ser. Esta clase de padecimiento es muy común y cotidiana: una variante menor de lo que algunos clínicos del pasado llamaron "pseudología". Me explico. A diferencia de Borges en su famoso verso ("yo, que tantos hombres he sido"), hay notarios que siempre se ven a sí mismos como notarios. Y senadores, médicos, futbolistas, coroneles, que no son nada sin sus relucientes armaduras sociales. Como el caballero inexistente de Calvino.

Ciertas falacias del Yo sobre el lugar que le atañe en el mundo, aunque no lleguen al grado de delirios, están tan arraigadas que influyen de mala manera en los destinos de sus protagonistas. En los casos más extremos arruinan también los destinos ajenos. Franco, Hitler y Stalin se tenían por salvadores, pero ya sabemos lo que fueron más que nada: enterradores. En cambio Kafka, uno de los testigos más lúcidos y geniales de ese mismo siglo, creyó ser sólo un modesto oficinista.

La confusión sobre el propio ser está en el núcleo mismo de algunas tragedias. Macbeth se empecina en ser el rey que le anunciaron las brujas, Áyax la víctima de una afrenta colectiva, Lear un padre justo y perspicaz, Creonte un regidor intachable, Otelo un cornudo.

Otras certidumbres, aun siendo igual de empecinadas y lindantes con el delirio, nos mueven en todo caso a la risa. Las más universales ya se sabe cuáles son: Alonso Quijano, lector, que trastornado por sus lecturas cree ser un caballero andante. Y Sancho Panza, hablador, que encandilado por una farsa cree ser gobernador de Barataria.

El desvarío de Junts pel Sí nunca alcanzó ni alcanzará las cimas de la tragedia, afortunadamente. Tampoco puede llamarse quijotesco, porque la astucia, el cálculo y los tejemanejes nunca cupieron en el alma de Don Quijote.

El autoengaño inducido por la DUI es sanchopancesco, porque surge a remolque de una farsa minuciosamente urdida. Como Sancho en las tierras del duque -aunque con menos trazas de equilibrio y ecuanimidad- cada cual se deja abducir por el papel que le ha tocado. Eso sí: a diferencia del modelo cervantino, los embaucados en esta farsa son los mismos que la urdieron.

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