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La Provincia - Diario de Las Palmas

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LAS SIETE ESQUINAS

Al desnudo

Marilyn Monroe tuvo uno de sus primeros papeles en Eva al desnudo, en 1950. Era un papel muy breve en el que interpretaba a la explosiva señorita Casswell, la amante de un crítico de teatro famoso por su mordacidad. Una noche, en una fiesta con actores y gente del teatro, el crítico -George Sanders, ni más ni menos- presentaba a su novia con estas irónicas palabras: "La señorita Casswell es actriz. Estudió en la Escuela de Arte Dramático de Copacabana". En su momento, hace casi setenta años, todos los espectadores eran conscientes de que el cínico George Sanders se estaba burlando de su bella y vulgar novia, a la que no consideraba a la altura de las demás mujeres presentes en la sala. En 1950, quien más quien menos sabía que no había ninguna Escuela de Arte Dramático en Copacabana. Es más, casi todo el mundo sabía apreciar la ironía de una frase. Y más aún si esa frase salía de labios de un personaje interpretado por George Sanders, un actor prodigioso que siempre solía interpretar a personajes cínicos e ingeniosos. Me pregunto, por cierto, qué actor actual podría hacer los papeles que antes hacía George Sanders.

Sin embargo, es muy posible que hoy en día nadie se diera cuenta de la broma. Acostumbrados a leer sin entender muy bien lo que leemos -los niveles de lectura comprensiva están por los suelos-, todos daríamos por supuesto que Copacabana cuenta con una de las mejores escuelas de arte dramático del mundo. Y ahora esa frase ya no sería una hiriente muestra de ingenio, sino un elogio dirigido a una gran actriz. Y enseguida cogeríamos el móvil -ahora vemos las películas con el móvil en la mano- y buscaríamos embelesados la correspondiente entrada de la Wikipedia: "Escuela de Arte Dramático de Copacabana". Como si allí estuviera la respuesta de todo. Y peor aún, como si allí -en ese listado infinito de información, a veces útil pero casi siempre banal- pudiéramos encontrar todas las claves que nos hacen falta para entender el mundo.

Cuando vi Eva al desnudo, en una reposición televisiva muchos años después de que se estrenara, no sabía casi nada de los actores que la interpretaban. Eso sí, mi padre me había contado que George Sanders venía a menudo a Mallorca porque tenía una casa en Gènova. Luego supe que Sanders -acosado por la idea de que estaba perdiendo sus facultades interpretativas- vendió su casa de Gènova (se la compró Charles Boyer), destrozó el piano de cola en el que gustaba tocar música clásica y se suicidó en un hotel de Castelldefels, en abril de 1972. En una de sus notas de despedida dejó escritas estas palabras: "Querido mundo, me voy porque estoy aburrido. Creo que ya he vivido lo suficiente. Te dejo con tus preocupaciones en esta hermosa fosa séptica. Buena suerte". Pero en su momento, cuando vi la película, no sabía nada de esto. Tampoco sabía que Sanders había estado a punto de matar a la que era entonces su mujer, la actriz Zsa Zsa Gabor -una mujer muy parecida, por cierto, a la explosiva señorita Casswell- durante una borrascosa pelea en el hotel Formentor. Al parecer, Sanders cogió a Zsa Zsa Gabor por los pelos y estuvo a punto de tirarla por la ventana. Si eso es verdad o no, no lo sé, pero Zsa Zsa Gabor lo contaba en sus memorias. Y por desgracia, un hecho como ése no es difícil de creer: el cínico y exquisito George Sanders, con sus refinados modales de aristócrata, también podía ser una mala bestia.

De todas formas, la gente que asistía a los estrenos de las películas de George Sanders no sabía ninguna de estas cosas. Como tampoco sabía que Marilyn Monroe era una mujer desdichada que sufría continuas depresiones y leía sin parar. Digamos que estas cosas se podían intuir, claro está -la mirada infinitamente triste de Marilyn Monroe no podía engañar a nadie-, pero nunca se contaban en los periódicos ni en los programas de televisión. Hoy, en cambio, parece que está empezando a ocurrir todo lo contrario. Sabemos qué actores se han aprovechado de su posición para obtener favores sexuales, qué otros han intentado manosear a un jovencito durante un ensayo, o qué otros han pegado a su mujer o la han maltratado de una forma o de otra. Todo se sabe, todo se hace público, incluidas las mentiras que se difunden y que nadie puede desmentir a pesar de que son mentiras. Supongo que eso tiene una parte positiva, por supuesto, porque está poniendo límite a la impunidad con que muchos actores varones -y productores y directores- se aprovechaban vergonzosamente de su posición. Pero también me pregunto si todas esas cosas que sabemos nos dejarán disfrutar del difícil arte de la interpretación (o de la dirección, o de la literatura). Y si podremos seguir apreciando al gran actor que interpreta a un cínico y exquisito crítico de teatro, si sabemos que también fue un maltratador y un borracho y un maniaco depresivo, sobre todo en una época que parece incapaz de detectar la ironía y que no sabe distinguir la realidad de la ficción. Y también me pregunto, yendo más allá, si la excusa de que los más grandes fueron unos perfectos canallas no será el pretexto perfecto para serlo también nosotros.

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