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La Provincia - Diario de Las Palmas

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OBSERVATORIO

Historia y drama

La llamada Ley de Memoria Histórica partía de un presupuesto que Gabilondo destacaba en una publicación del año 2000 cuando realizó un conjunto de programas radiofónicos sobre la guerra civil, que la realidad ha demostrado equivocado. Y es que se pensaba, con cierta base habida cuenta el tiempo transcurrido, que el riesgo social de recuperar la confrontación entre las dos Españas era ya cero y que los españoles, tras la Transición, habían superado aquel suceso dramático, que el espíritu de reconciliación se había impuesto sobre el odio que caracterizó una época tan brutal de la historia de nuestro país. En definitiva, que todo era ya eso, historia, no presente y que los deseos de los pocos supervivientes ya de aquel enfrentamiento incivil en palabras de Unamuno, que pedían paz y perdón, habían calado profundamente en la sociedad.

Partiendo de ese dato, la mencionada ley consideraba que era llegado el momento de legislar para satisfacer exigencias mínimas que respondieran a un deseo de pacificación real o de adecuación del presente a su historia, de un reconocimiento de todos los olvidados, de declaraciones simbólicas que pusieran orden legal y justicia donde había imperado la victoria, no la paz. Y así la Exposición de Motivos de la ley hacía referencias a la concordia, a la reconciliación definitiva entre españoles, al repudio a toda venganza. Ese era el punto de partida de aquella ley de 2007 asentada sobre una sociedad en la que la confrontación se había superado tras casi un siglo desde el final de la guerra incivil y casi cuarenta años (hoy cincuenta, medio siglo) del final de la dictadura.

Solo desde ese punto de partida se puede explicar el apoyo que dicha ley tuvo en el Congreso y solo desde ese dato se puede entender la redacción de sus preceptos, que cuidaron evitar situaciones de tensión que pudieran abrir la puerta a una nueva memoria que implicara la desmemoria de una parte de las dos clásicamente reflejadas en nuestra sociedad. Se trataba de recuperar la memoria histórica de unos, no de destrozar o zaherir a los otros. Se trataba de recordar a los olvidados, no de atacar con saña a los vencedores tras un siglo y hacerlo en sus descendientes, hijos o nietos, con el riesgo de revivir nuevos rencores. Se trataba de devolver el honor a los vencidos, no de manchar indiscriminadamente el de los vencedores. Porque la Transición, con el apoyo de todos y muy especialmente de los exiliados que regresaron pidiendo paz y perdón y obteniendo una victoria final que suponía la derrota del franquismo, logró traer la democracia. Un triunfo al fin y al cabo de los vencidos aceptado por los vencedores. Al final, tras casi un siglo, España alumbraba la democracia que quiso la República, que se vio frustrada por culpa de muchos, no solo de unos, aunque se quiera simplificar la historia. El conocimiento y no la historia oficial, la escriba quien la escriba, sirve para no caer en simplificaciones siempre parciales y erróneas.

Zapatero se equivocó y los que apoyaron aquella ley. Se equivocaron porque erraron al valorar el riesgo cero. Se equivocaron porque no tomaron conciencia de que sigue en este país subsistiendo un deseo de confrontación presto a revivir en cualquier momento. Se equivocaron al no darse cuenta de que algunos no aceptarían la paz y las tablas y que ansiaban la victoria sobre el adversario. Se equivocaron al no percibir la tendencia suicida de muchos, los nietos de aquellos que padecieron que, contra la voluntad de sus abuelos, querían pasar la cuenta a los muertos y, a la vez, zaherir a sus descendientes. Se equivocaron al no apreciar la facilidad con la que se puede propagar un mensaje incendiario que sirve para fidelizar votantes.

Hoy, en el Congreso, se tramitan leyes que desean anular la Ley de Amnistía para imputar los llamados crímenes del franquismo, cuando sus presuntos autores han fallecido o por su edad distan mucho de poder sentarse en un banquillo. Pero, a su vez, mantienen el perdón legal a ETA y similares. Ni los presuntos autores de los delitos pueden ser ya perseguidos, ni tiene lógica elevar en su consideración a los terroristas, autores de casi mil crímenes. Perdonar a terroristas con tantos asesinatos viles a sus espaldas y pedir la condena de ancianos o el vilipendio de fallecidos, es poco constructivo.

Dejar las cosas como están, respetar el espíritu de la Transición es la opción más recomendable. Incurrir en contradicciones que contrapongan franquistas y terroristas, otorgando a estos últimos una pátina de héroes, es peligroso y poco acertado.

Franco ha muerto y su régimen acabó hace cincuenta años. Vengan y sean bien recibidas todas las muestras de reconciliación debidas. Pero, de ahí a volver a sembrar la confrontación media un abismo. Paz y perdón, olvido y mirar al futuro es obligado si queremos avanzar en la convivencia.

La Transición no erró. Yerran quienes quieren obtener provecho de las miserias, la muerte y el terror. De ahí solo cabe esperar, como está sucediendo, que renazcan el odio y la división ya superadas. Yo quiero reivindicar el espíritu de aquella Transición con orgullo y con profundo respeto a quienes la hicieron. No es políticamente correcto, pero éticamente debido.

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