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La Provincia - Diario de Las Palmas

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OBSERVATORIO

Sobre el dichoso complejo lingüístico

Quiero echar mi cuarto a espadas en la polémica suscitada a raíz de las declaraciones de una chica canaria en un conocido programa de televisión, a propósito de la "fealdad" de nuestro acento lingüístico. Vaya por delante mi respeto por las opiniones ajenas, más aún cuando de gustos se trata ( De gustibus et coloribus non est disputandum).

Pero vayamos al grano: los complejos lingüísticos suelen ser, antes que todo, complejos culturales. ¿Ustedes, amables lectores, conocen a algún hablante culto de aquí que posea un complejo por "hablar canario"? Yo no conozco a ninguno. El verdadero sentimiento de inferioridad lingüística suelen experimentarlo "los de abajo" (expresión que le tomamos prestada al novelista mexicano Mariano Azuela) con respecto a "los de arriba". Muchos hablantes del nivel popular confiesan "¡no saber hablar!" porque perciben que su modo de expresarse no coincide con las formas lingüísticas más prestigiosas de su propia comunidad. En nuestro archipiélago, no pocos de estos usuarios añaden a este complejo "interno" de inseguridad idiomática otro de carácter "externo". Llegan a interiorizar con facilidad la idea de que, en la medida en que su manera de hablar (sobre todo, de pronunciar) difiere de la que airean los omnipresentes medios de comunicación estatales (la radio, la televisión, el doblaje de las películas?), ellos se expresan mal. De aquí a que estos hablantes, especialmente los menos ideologizados en "lo canario", puedan confesar candorosamente esta opinión denigrativa que nos ocupa no hay más que un paso. Si, además, como sucede en este caso, nuestro dialecto se encuentra en lo fónico mucho más evolucionado que el del centro-norte peninsular (tomado en la superestructura estatal como modelo), pues llueve sobre mojado para que muchos concedan que nuestra modalidad idiomática insular es "menor de edad".

En lingüística es casi un axioma que las variedades más conservadoras están mejor conceptuadas que las más avanzadas en su evolución. Una lamentable confusión conceptual -y escolar- hace que se equiparen "evolución" y "corrupción", acaso porque todo ello se suele asociar históricamente con situaciones de analfabetismo, penuria económica, etc. Por eso el español de Valladolid o el de Burgos o, aquí, el de El Hierro gozan de muy buena prensa. Por eso también muchos hablantes andaluces, incluso en mayor medida que en Canarias, admiten que en Andalucía "se habla mal".

Sobra decir que todas las variedades dialectales de una lengua histórica (tan poliédrica como el español) tienen la misma legitimidad, pues todas ellas, con sus rasgos característicos, son igualmente válidas para el propósito de la comunicación. En el caso del dialecto canario, además, hay que decir que pertenece al llamado español atlántico o me-ridional (por el seseo, el no uso del "vosotros"?) y que, por tanto, se inscribe en la porción mayoritaria de esta lengua. Si mirára-mos de vez en cuando hacia América en lugar de hacerlo siempre hacia la Península, muchas de las cosas que comentamos no tendrían lugar.

La cuestión esencial en todo este aparente embrollo es que la "técnica" compleja que representa el hablar ha de evaluarse de una manera individual. Luego esa expresión personal se presenta inevitablemente envuelta en el celofán de una variedad dialectal determinada, lo cual es poco trascendente. Y parece evidente que hay hablantes que poseen más destrezas idiomáticas que otros. Esto suele estar en función de factores diversos: biográficos, socioeconómicos, educativos, vivenciales, temperamentales? Todo ello no excluye que algunos usuarios representantes del habla popu-lar (enaltecida con razón por muchos literatos) puedan "hablar bien", más allá de que cometan algún vulgarismo fónico o gramatical. Y ello sencillamente porque se comunican de forma eficaz.

La opinión televisiva de la que hemos partido se manifiesta todos los días en los más variados ambientes en Canarias y fuera de ella. El poder amplificador de la televisión y su eco perverso en las redes sociales nos debería preocupar como simples ciudadanos. Por eso me he sentido llamado a hacer algo de pedagogía, para que una ingenua "deslealtad lingüística" (concepto acuñado así técnicamente) no se convierta en un motivo de linchamiento verbal.

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