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DESDE MI ISLA

Granada la bella

Recurro, con el título de este artículo, una de las obras más célebres del escritor granadino Ángel Ganivet (1865-1898), cuyo apellido me trae a la memoria la respetada figura de D. Niceto Flores Ganivet, quien fue presidente de Prensa Canaria, siendo yo consejero. Ganivet está entre mis lecturas preferidas, quizá por la constante atención que prestó al agua de Granada y a mis colegas de profesión, los aguadores, cuyo histórico nombre, al avance de la técnica, se ha momificado en un injusto olvido. Al implantarse el abastecimiento de agua domiciliario de Granada (segunda mitad del siglo XIX), se suscitó una polémica sobre la conveniencia de comprar tuberías nacionales o extranjeras. Ganivet terció, diciendo: "¿Pero es que los hombres de las garrafas, que bajan el agua de la Alhambra, y los tíos de los burros, que la traen de la fuente del Avellano, no son producto nacional? En vez de tuberías nuevas, refuercen y completen las tuberías vivas, semovientes: los aguadores". (Hoy honra la figura de estos hombres una escultura, junto a la Catedral: un aguador, con su burro y sus recipientes.).

La Universidad de Granada es la cuarta de España por el número de alumnos. Universidad de solera que extiende sus instalaciones educativas y sociales por toda la ciudad hasta gestionar un espacio cultural único, frente a la Catedral: el Palacio de la Madraza. En esta Universidad se ha celebrado el I Foro del Agua y Desarrollo, patrocinado por la cátedra de Hidralia, en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Intervine para llevar a los alumnos la preocupación de los canarios por la continua presencia de la calima, que este verano me ha hecho dudar de su identidad con las nubes y los alisios, al mismo tiempo que afectó profundamente mi garganta. Encuadrada en el eterno debate del cambio climático, recabando la existencia del binomio causa-efecto. Polvo, viento, calor es causa secundaria, calima es efecto. ¿Cómo eliminar, entonces esta causa? La pregunta quedó ahí, y ya en el pasillo, dos estudiantes me ofrecen su solución. Para uno la solución es alquitranar el Sáhara, para otro ajardinarlo. La primera solución es un cínico disparate, ¿o una metáfora?, y la segunda una utopía. Pero el tema quedó abierto?

Granada fue la primera gran ciudad que conocí de la Península, a mediados de los años cincuenta, con motivo de los Juegos Universitarios, que organizaba el SEU, estudiando yo en la Universidad de La Laguna. Jugamos a baloncesto en el estadio de Los Cármenes, en cancha de tierra y bajo una tenaz lluvia. Y encima, el agua de las duchas estaba helada. ¿Cómo podré olvidarlo?

A pesar del fracaso deportivo, Granada me cautivó. Enamoró a un niño universitario. En los Cármenes, la Universidad tiene una residencia: el Carmen de la Victoria, frente a la Alhambra, que luce una embriagadora iluminación nocturna digna del mejor cuento oriental. Albaicín, Sacromonte, el lejano y nevado Mulhacén, en una tarde gris, la mayor montaña de la Península, secundona de alto tronío y etiqueta de nuestro Teide gigante. El Monasterio de S. Jerónimo, fundación de los Reyes Católicos, desde 1504, donde están depositados los restos de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y su esposa, favorecedora del monasterio y su iglesia, la duquesa de Sessa. Cubierto con el manto de la fama, tras sus victorias en las batallas de Ceriñola y Garillano, ilustre caudillo, orgulloso y soberbio, no pudo evadir la envidia y mentiras del rey Fernando y a su requisitoria de justificación de gastos (legal pero emponzoñada por injustificados y malos modos). Su respuesta es la antología del orgullo, pero también del ingenio español: "Por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, 200 millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, 170.000 ducados; y, finalmente por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey, a quien he regalado un reino, 100 millones de ducados". El hospital e iglesia de S. Juan de Dios, donde se guardan las reliquias de este santo, con su retablo barroco, exportado a iglesias y monasterios de América.

Volver a Granada es encontrarse, de nuevo, con el embriagador azahar, jardines de arrayanes y rosas, verdes orillas del Darro y el Genil, palacios de cuentos de hadas con patios increíbles, bellas mujeres bajo los faroles que no se cansan de iluminarlas tenuemente para resaltar el moreno de su piel. Faroles, de colores, que se venden en los numerosos comercios, gerenciados por los marroquíes, que van creciendo en forma de pirámide invertida hasta llegar a la Catedral, donde frente mismo a la Capilla de los Reyes Católicos han hecho un zoco árabe muy visitado.

Paseo mi ya decana admiración por Federico García Lorca por el parque que lleva su nombre, en el camino de Ronda. Lorca, el gran poeta, nacido en Fuentevaqueros, donde los ríos Cubillas y Genil celebran sus bodas, Bodas de Aguas, y no de Sangre. Yerma, Pepe el romano, que no era italiano sino trabajador de la finca Roma, que perteneció al duque de Wellington. Cuando escribí un tratado sobre Lorca y el Agua, nunca pude saber -por mucho que lo intenté- a qué río se refería el poeta en La casada infiel: "Y yo que me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido".

Con nostalgia me voy de Granada, me llevo renovado su aroma, camino de Guadix, Baza y Alicante. Viznar se me aparece en el camino, como uno de los episodios más vergonzosos de la Historia de España. Allí mataron y enterraron, en un amanecer de calaveras, la cultura y la inocencia. Allí asesinaron vilmente a Federico García Lorca. A pocos kilómetros de Granada la bella.

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