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Javier Durán

RESETEANDO

Javier Durán

Periodista

Noticias falsas

Intoxicar; crear globos sonda; lanzar encuestas dirigidas a forzar una opinión sazonada con mucha cocina; manipular los hechos; compraventa de informaciones; alteraciones en la bolsa tras la difusión de un dato que afecta a una relevante empresa; la muerte civil de un personaje público de relevancia a través de dosis letales; invenciones sobre armas químicas de un país enemigo para declarar una guerra global contra el mismo; influencias sobre directores y editores para enredar un atentado terrorista; presiones para desactivar una investigación que acaba con la carrera de todo un presidente de una nación...

El periodismo convive con todo esto y algunos otros secretos que algún día pueden ser confesables, materia de memorias, de hojas manuscritas encontradas en el cajón de una mesa de despacho o memoria de un disco duro. Cada periódico, cada periodista, aparece unido al magma político-histórico de su país. Todos tienen una hazaña o una frustración que contar con respecto a un acontecimiento o una noticia donde la fuente le funcionó, o bien le vendió pescado por liebre. Lo que no sale y lo que sale en los periódicos se integra en el proceso de ganar cada vez más espacio a la libertad de expresión: un día se da un paso y otro cualquiera se pierden dos, tres o todos.

La pugna por informar y ganar credibilidad es tan vigorosa como un buen vino. ¿Se puede hablar de un mundo sin periodismo? Imposible. Los políticos, claro está, saborean mejor los periódicos cuando se habla bien de ellos. La mayoría no conocen ni el trabajo de las redacciones: sólo si hay algo que les beneficia o les perjudica, y hasta qué punto pueden actuar para corregir la situación. Aspiran a no ser molestados. Darían lo que estuviese en sus manos por dar la vuelta a la tortilla, aunque no se atreverían con lo de cerrar un periódico.

Ahora están en una guerra que no tiene nada que ver con contrastar las noticias y aportar el máximo de información. Se trata de un combate con invasores con base en Rusia que se dedican a distribuir noticias falsas en Internet para alterar elecciones como las catalanas. La UE ha aprobado un presupuesto para llenar el Este de colaboradores (o sea espías) dedicados a detectar a los fabricantes de los bulos. Los periodistas, repito, no estamos en ello ni nos dedicamos a tamaña fechoría, aunque también es verdad que la ministra de Defensa le ha pedido a los editores de periódicos que le echen una mano. Cospedal debería hacerse la siguiente reflexión: el periodismo responsable, tanto el impreso como el digital, espera tener un puesto de mayor relevancia, igual que lo tiene en otros países de la órbita europea (Alemania o Francia), entre las preocupaciones que conforman la estructura democrática del país, es decir, sin periodismo no hay democracia.

Este ataque ciber es un buen momento para comparar, para poner frente a frente a los periódicos y a las noticias falsas. El fenómeno, al que servidores como Facebook intentan poner coto con nuevas normas, no puede ser desvinculado de la apuesta por debilitar cada vez más la capacidad de control del periodismo de referencia. Metidos en esta logística se han tropezado de pronto con la consecuencia más maléfica: una avería que llaman noticias falsas.

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