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POR CUENTA PROPIA

Gestos

Carmen no las tiene todas consigo. A qué viene meterla en este enredo, a su edad, dice el hijo. Pero la nuera insiste y cuando se pone en este plan, cualquiera le lleva la contraria. Así que ella accede a probar. No es un taller de costura, ni siquiera de dibujo o de tai-chi. Un círculo de mujeres, qué diantres querrá decir eso. Las primeras veces se queda casi traspuesta, se le ruboriza hasta el estómago cuando sacan a debate ciertos temas. Nunca se le dio ni bien ni mal hablar de sexo, de esas cosas sobre las que ahora todo el mundo da voces. Ni de política, ni de la situación de las mujeres en la sociedad, ni del matrimonio gay. En cualquier caso, si sabe, no contesta. Y así perdió el hilo, la costumbre de opinar, aun en el caso de que lo tuviera que hacer de puertas para adentro. Una cavilación menos. En su casa ya se pronunciaba su marido por los dos. Qué diría él si la viera ahora aquí, empoderándose. Se ríe en silencio.

Carmen interviene poco. Se nota que algunas le llevan un tiempo de ventaja y ya les va costando menos decir la suya. De golpe da un respingo. Ha sido al oír a otra contar cómo de niña abusaron de ella. Hay algo en ese relato que a ella le resulta familiar, como si de repente lo de menos fueran las palabras, la descripción verbal precisa. No puede recordar con claridad pero regresa a su cabeza un olor, un color, una punzada de angustia que se queda allí un rato y de la que no consigue desembarazarse. Y entonces sabe que también ella ha estado en algún momento en ese lugar impreciso donde lo irreal juega a enmascarar crueldades, entre cintas de lazo rosa, merceditas y faldas plisadas, y manos que vulneran la prohibición tácita de entrometerse. No debió ser mucho, apenas un par de veces. Ella nada contó y qué es lo que hubieran creído acaso, viéndolo a él, enseñoreado, santiguarse cada domingo en la iglesia. Una imagen en sepia, ajada y lejana, vuelve a dibujarse en su mente. Solo fueron toqueteos, nunca consumó. Y ella, que siempre oyó a los adultos usar eufemismos para hurtarle del entendimiento esa palabra maldita, siempre pensó que eso no era violación.

Se esforzó tanto que nunca pareció una víctima al uso, ni siquiera se le permitió pensarse como tal. Así que se apañó con estos mimbres. Al cabo de los años se ennovió con un chaval, se casó, tuvo un hijo y tiempo después enviudó. A quién le va a ir ahora con la historia.

En un momento dado se abstrae del debate del resto de las compañeras. Bucea por sus propias reflexiones y acaricia la certeza de que entre la presunción de poder y el débil se desplaza todo aquello que entre los demás hemos depositado allí, por voluntad o por haberlo permitido, a merced de quienes lo saben manipular en su propio interés. En esa tierra de nadie intermedia anidan la hipocresía, el qué dirán, la vergüenza, la cobardía, el no quererse meter en líos ajenos. Demasiada suciedad. Y el recelo. Ese estigma del pecado, que sugiere que algo habrás hecho tú para provocarlo. No habértelo buscado, ni aunque seas una niña y vuelvas a casa del colegio a plena luz del día. Generaciones educadas en el no regreses sola de noche, no seas una fresca, compórtate como una chica decente, son riñas de enamorados, los que se pelean se quieren, ¡cosas de niños!, a ver cuándo te casas, te vas a quedar para vestir santos, que se te pasa el arroz, para cuándo lo de ser madre, en todas las casas cuecen habas. Un exceso de proverbialidad popular que ha apuntalado ese lugar común invisible y silencioso muchas veces, sutil incluso para quien lo habita a su pesar, que es el machismo.

Carmen tuvo poca escuela. Pero es muy curiosa. Lee a diario los periódicos, presta atención a la radio, y esta mañana se cruza con una necrológica que capta su atención. Es de una célebre etnóloga francesa, Françoise Heritier. Dijo que la humanidad es "la especie más estúpida, la única donde los machos matan a sus hembras" y que la ferocidad que hay detrás de la violencia de género no está en los genes, sino que es producto de miles de años de cultura patriarcal. No es la naturaleza, somos nosotros mismos quienes nos hemos fabricado solitos esa jerarquía que subordina la mujer al hombre y que, todavía hoy, sostiene patrones de conducta "forjados en el Paleolítico". Arabia Saudí acaba de otorgar la carta de ciudadanía a un robot que ya tiene más libertades que las mujeres de aquel país.

Heritier no era optimista y creía que tendrán de pasar todavía varios miles de años más antes de que desterremos por completo este esquema mental atávico y absurdo, pero para ello será necesario "creer en la eficacia de los gestos, de los actos y de los símbolos en lo más profundo de los espíritus". Símbolos como que todos tenemos derecho a ser iguales; actos como solidarizarse con quienes sufren discriminación y denunciar a quien maltrata, pero, sobre todo, gestos, como el de dejar de medir o de presuponer que sabemos cómo cualquier víctima trata de enfrentarse al miedo y sobrellevar su dolor.

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