El 17 de junio de 1995, por un rato, fuimos felices. Soñé yo y se ilusionó una generación de aficionados de la Unión Deportiva Las Palmas. Todos, en menos de una década, habíamos visto desmoronarse al club. Fue una caída monumental, como las voladuras programadas por el 'Bombita' Darín en 'Relatos salvajes'. Entre el 88 y el 92, con una conversión a Sociedad Anónima Deportiva entre medias, el equipo se descompuso como un castillo de naipes frente a una ráfaga de viento: pasó de Primera División a Segunda B en un santiamén y los testigos más jóvenes de aquel derrumbe nos sentimos, durante años, como unos apestados, obligados a tragar mierda mientras nuestros mayores recordaban con añoranza los tiempos mejores de una institución que, sin lógica alguna, nos había robado el corazón —como suele pasar con el primer amor, que al final es para toda la vida—.

Aquel 17 de junio de 1995, por un rato, fuimos felices. Lo gozamos así porque en una liguilla de ascenso a Segunda División —al tercer intento consecutivo—, la UD Las Palmas nos invitó a soñar. Fue gracias a un gol de Félix Sarriugarte, al final de la primera mitad (0-1, min. 40), de un partido contra el Deportivo Alavés en Mendizorroza —¿les suena?—. El encuentro correspondía a la cuarta jornada de la fase final del curso 94-95 y un triunfo en Vitoria despejaría —por fin— el camino del equipo amarillo lejos de Segunda B. La alegría, las ilusiones y todo lo bueno que llevaba aparejado aquel resultado parcial se esfumaron en menos de una hora. A Iñaki Sáez, el tercer entrenador de aquella temporada —tanto vaivén en el banquillo suele acabar en sonoro fracaso; ¿también les suena?—, le dio un ataque de mojigato: retiró a Robaina, metió en el campo a Axier -quitó al mejor jugador para colar otro defensa- y todo se vino abajo. El Alavés remontó, con goles de Iván Campo y Serrano, encarriló el ascenso y Mendizorroza despidió al representativo grancanario, vencido y desarmado, al grito de "pío pío, pum pum".

Aquel cántico, que el viernes me vino a la cabeza tras otro tropiezo en el mismo estadio y frente al mismo rival en otro partido clave, sentó, de verdad, como un tiro en el corazón. Y aniquiló la inocencia de muchos de nosotros. Ya nada fue igual. Cambió el mundo, varió el fútbol y el negocio, poco a poco, empezó a devorar a la pelota. Ese verano, a la UD Las Palmas la transformaron como el que le da una vuelta a un calcetín. Y, en ese momento, durante muchos días, algunos tuvimos la sensación de que llegaba el fin del mundo en clave amarilla tras tanto disgusto seguido, sobre todo tras comprobar que Robaina, la gran esperanza de la casa, había sido traspasado a un CD Tenerife que entonces brillaba en Primera División y en Europa.

La vida, sin embargo, nos dio una lección: además de constatar que sí, que todos los días sale el sol, también comprendimos que nadie es imprescindible en la Unión Deportiva Las Palmas, una entidad que, con más o menos acierto, ha salido a competir siempre desde 1949. Aunque algunos hayan interiorizado que más allá de 2004 no hay nada, sólo un páramo, la historia les contradice. Sólo basta con repasarla para comprobar que los cambios son sanos, higiénicos y hasta recomendables. En 1995, después de aquella dolorosa derrota en Mendizorroza ante el Alavés, Fernando Arencibia dejó la presidencia —Adrián Déniz tomó el relevo— y en el Cabildo —propietario del club entonces— alguien decidió levantar el veto que pesaba contra Pacuco Rosales. Un año después, una madrugada en Las Canteras, todos celebrábamos el ascenso a Segunda División. Basta con hacerse a un lado cuando la incompetencia es evidente.

PD: ¿Jugó la UD Las Palmas mejor ante Deportivo en casa que el viernes contra el Alavés? ¿Fue más intenso el equipo amarillo contra el Leganés que en Mendizorroza? ¿Es más fuerte el Levante que el conjunto de Abelardo? ¿En serio creen que este Betis es un rival que da para calibrar algo? Por favor, seamos serios, los análisis tienen que ir más allá del resultado. No convirtamos esto en una gigantesca barra de bar llena de cuñados.