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Por cuenta propia

Hablen sin odio

Orson Welles elaboró un maravilloso programa radiofónico para la CBS en los albores de este medio que tan adictivo ha llegado a ser para muchos hogares. El serial ponía en escena una versión de la novela de H. G. Wells La guerra de los mundos, pero lo ambientaba en los Estados Unidos de la Gran Depresión. A pesar de que al principio del programa se advertía de su naturaleza ficticia, y de que esa misma advertencia fue repetida en algún momento en el transcurso de la emisión, algunos oyentes se incorporaron a destiempo y dieron por hecho que la ciudad de Nueva York estaba siendo invadida por hordas de marcianos. El eco de la radionovela se desbordó y se cuenta que, al finalizar, Welles y el resto de actores tuvieron que abandonar el edificio por la puerta de atrás para eludir la tensión y la histeria que se había generado en la calle y dentro del estudio, tomado por la policía. Algunas crónicas relatan también que aunque la compañía insistió en explicar que se trataba de radioteatro, una parte de la audiencia desconfió de esa aclaración y pensó que era un modo de ocultar la gravedad de la situación, es decir, una posible guerra en un mundo en el que Hitler se había convertido en una amenaza.

En esa sociedad de finales de los treinta, la información fluía por un circuito de límites muy precisos. Hoy los datos están en todas partes; pasan de mano en mano con una facilidad pasmosa y a eso lo llamamos democratización informativa, aunque podría discutirse. Sin embargo, paradójicamente, cuanto más cree saber la gente, más miedo le tiene a la disparidad de criterios y la maneja de la peor manera, sobre todo frente a una crisis o un conflicto de intereses.

Puede que la nuestra sea la profesión con más abogados sin licencia en el ejercicio de una libertad de expresión que muchas veces termina donde empieza no el derecho del otro, sino su opinión. El número de pretendidos eruditos por metro cuadrado entre el público supera ya al de los periodistas de oficio, y de un tiempo a esta parte mucha gente se siente acreditada para dar lecciones sobre una profesión que le es ajena o, simplemente, despreciarla con vehemencia con generalizaciones poco o nada fundamentadas. Se puede coincidir o discrepar de la línea editorial de un medio. Otra cosa diferente es que la discordancia lleve a algunos, aprovechando que son manada, a acorralar verbalmente a una persona y a dispararle a bocajarro lindezas sobre su árbol genealógico mientras ésta realiza su labor informativa.

Eso tampoco es nuevo y no hace mucho le ocurrió a una colega que trataba de informar en directo para un canal televisivo de ámbito estatal sobre el desarrollo de una manifestación independentista en Cataluña. Le aplaudo el temple y la madurez, porque en esas circunstancias resulta muy difícil mantener fríos la cabeza y el discurso. La reportera logró cubrir su tarea informativa, que a criterio de algunos de los centenares de manifestantes allí concentrados no merecía ser tolerada, y por eso trataron de torpedear su intervención con soflamas a grito pelado contra la prensa española, así en general y en abstracto, que, como todos ustedes deberían saber, es "mentirosa y manipuladora" por naturaleza y sin posibilidad de excepciones. Y como eso no era suficiente, lo remataron mentando con grosería a la propia madre de la periodista. Acabada la jornada de trabajo -dura, no tengan ningún atisbo de duda- esta compañera, que le echa cabeza, corazón y vocación a lo que hace, decía en su perfil de una red social: "Hablemos sin tanto odio. Recordad que la libertad de prensa e información forma parte de la lista de derechos democráticos que tanto pedís".

Ryszard Kapuscinsky es considerado uno de los mejores reporteros de la historia. Él decía muchas cosas acerca de nuestra profesión, algunas no muy alentadoras, como que el peligro de la revolución de los medios de comunicación es que potencie una nueva clase de periodista que no tiene "problemas éticos ni profesionales" y que "no se hace preguntas". Afortunadamente, ese fenómeno no es, por ahora, mayoritario, aunque supongo que hay un margen de error posible no solo en este sino en todos los ámbitos, incluso en los que no están supeditados a una empresa privada, como en el caso de los funcionarios, o, por ejemplo, entre quienes manejan la salud y el bienestar de las personas, como los médicos. En todos los círculos existe el peligro de la negligencia, el abuso o la equivocación por exceso de soberbia o confianza, pero eso no invalida al sector en su conjunto ni define la capacidad y la honradez de todos los trabajadores. Por eso la Administración pública no ha menguado precisamente y por eso seguimos acudiendo a la consulta del centro de salud cuando nos duele algo (aunque algunos pacientes se toman la libertad de agredir al personal sanitario cuando no les gustan las normas o el diagnóstico, qué sé yo).

Kapuscinsky explicaba además que el único modo de ejercitar lo mejor posible este oficio es permitirle que ocupe toda nuestra vida. Efectivamente convivimos con él las veinticuatro horas. Incluso cuando nos permitimos un rato de ocio con los amigos o con la familia, mientras vamos echando de vez en cuando un vistazo de reojo a la pantalla del móvil por si el resto del mundo se mueve de sitio mientras tratamos de aislarnos por unos minutos. Para bien o para mal, siempre se nos ha dado fatal conjugar el verbo desconectar, a costa del precio personal que muchos hemos tenido y tendremos que pagar. Por todas estas razones, y por algunas otras más, nunca justificaré el fragor del atropello contra un compañero que es atacado por ejercer su labor informativa. Y pienso que usted, llegado el caso, debería hacer lo mismo. Ante todo, respeto. Y antes de esparcir su ira, si algo le perturba y no puede soportarlo, cambie de canal, sintonice otro dial o deje de leer la prensa.

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