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Figuraciones mías

Mi leyenda personal

Mi juventud coincidió con la eclosión de las llamadas "revistas femeninas", cabeceras glamurosas llenas de consejos para aumentar nuestro atractivo físico, sexual y -en mucha menor medida- intelectual. Las sugerencias de maquilladoras, modistas, sexólogas y nutricionistas acabaron por convertirse en exigencias, casi en amenazas: "Ten un culo 10", decían (como si faltara la segunda parte de la frase: "...o serás el hazmerreír de tu grupo de amigas"), o "Haz que él te desee a todas horas" o "Pierde 8 kilos en cinco días".

Cada principio de mes, me arrastraba hasta el kiosco como quien penetra en la mina de carbón con la pala al hombro a comprobar qué nueva obligación habían pensado las redactoras de mis revistas favoritas para cargarse el exiguo reducto de mi autoestima que aún seguía en pie.

Al cabo de unos años, y coincidiendo con el declive de estas publicaciones, aparecieron las revistas centradas en el crecimiento personal. Tal cosa significaba que, en vez de dedicar esfuerzos a reducir las caderas, había que invertir el tiempo y la energía en ser mejor persona y conseguir la estabilidad emocional. Me puse a ello con entusiasmo: "Diez pasos para mejorar tu asertividad", "Sácale todo el partido a tu hora de meditación", "Mantén a raya tu ira" y así sucesivamente. Me costó darme cuenta de que, aun cuando los temas eran diferentes, el mecanismo era muy similar: exigir al lector que cambie.

Hoy, se habrán dado cuenta, están de moda los coach inspiracionales y en ellos me he volcado con la misma disposición de ánimo que en las experiencias anteriores. Me encantan todos. Miro sus vídeos en YouTube y me pongo como una moto: "No dejes escapar tus sueños", "Aprovecha cada minuto", "Persigue tu leyenda personal". Salgo a la calle como si hubiera desayunado un cóctel de ginseng y cafeína: resolutiva, radiante y llena de energía, pero cuando llevo diez minutos caminando a buen paso por la ciudad, una vocecilla insolente comienza a mosconear en mi cerebro: "Perdona, pero tus sueños, exactamente, ¿cuáles podríamos decir que son?" "Ya empezamos", pienso yo. Pero la voz es imparable y me recuerda que nunca he entendido muy bien qué es eso de la leyenda personal y que estoy genéticamente incapacitada para aprovechar cada minuto de existencia como si fuera el último.

A la media hora concluyo que no hay cambio posible en un adulto.

"No es cierto", protestarán ustedes, "uno cambia con los años". Yo he llegado a la conclusión de que no es así: uno se matiza, pero no cambia. Los años, queridos lectores, actúan sobre las emociones como la opción contraste de Photoshop: lo único que hacen es intensificar o atenuar tus defectos y virtudes. Por ejemplo: quizás a los diecisiete años era usted un vago sin remedio y ahora, a los sesenta, sea un señor con ligera tendencia a la holgazanería. O, al contrario, a lo mejor a los quince era usted un poco celosilla y, ahora, a los 35 años, es una controladora de aúpa que le amarga la existencia a su pareja. Es el Photoshop de las emociones, que las amplifica o las minimiza según hayamos caminado por la vida.

Con esto no quiero despreciar el trabajo de todos los oradores que ahora mismo se ganan el pan estupendamente elevando nuestros corazones. Al contrario, ya he dicho que me fascinan. Es sólo que los años te enseñan que los obstáculos de la vida son mínimos comparados con el desafío de estar cada minuto del día con uno mismo. Así que, conformada con el hecho cierto de que no voy a cambiar, que moriré egocéntrica, envidiosa y pesimista, sorteo los precipicios vitales merced a unos cuantos lemas que me he grabado a fuego: 'Lo importante es la actitud', 'Hazlo y déjate de gilipolleces', 'El exceso de análisis produce parálisis' y así.

Pronto se nos echará la Navidad encima y, con ella, la fantasía de que todo cambie. Para comenzar, les exigiremos a los niños que se porten bien y sean buenos si es que pretenden que Melchor escale su balcón, como si estuviera en su mano, angelitos, portarse como las hijas de Letizia en el desfile del Día de las Fuerzas Armadas. Luego fantasearemos con una Nochebuena de verdad, en la que la nieve se acumule fuera y cantemos junto al piano dentro. Pero la temperatura rondará los veinte grados y jamás hemos tenido piano en casa. Pensaremos, tal vez, que este será el año en que nuestro marido nos regale por fin el diamante baguette que creemos merecer, o que nuestra madre deje de levantarse cada dos minutos de la mesa para demostrarnos que está en todo, o que nuestro sobrino haya aprendido a usar la servilleta.

Las voces de la tele nos exigirán trescientas veces al día que seamos sexis o seductores o que digamos Sí a la Vida. Nos garantizarán que, si cambiamos de coche, nuestra existencia toda cambiará y que, si coleccionamos las obras de los grandes filósofos de la historia, el día 1 de enero nos encontrará leyendo a Aristóteles (y comprendiéndolo).

No hagan caso. No cambiamos. Acéptense, quiéranse, perdónense y, si no nos vemos, ¡Felices Fiestas!

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