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La suerte de besar

Pequeñas incoherencias con importancia

Ser coherente en las pequeñas cosas es una cuestión de elección personal. Muchas coherencias juntas, por pequeñas que éstas sean, hacen la vida más amable. A los coherentes y a los que están a su alrededor

Hay incoherencias que facilitan la vida. La hacen más llevadera. Oxímoron aparte, son incoherencias coherentes. Puedes cuidar tu alimentación y permitirte un atracón de comida grasienta y calórica de vez en cuando. Mimar tu hígado y, un día, beber vino hasta olvidar tu nombre o ser una defensora a ultranza de la educación razonada y dialogante y aplicar el "porque en esta casa mando yo y se hace lo que yo digo" un par de veces al mes. Que una contradicción no nos arruine la fiesta. ¿Cuándo chirría la incoherencia? En mi mundo de sencillez echo mano de la máxima de no exigir lo que no soy capaz de dar.

Un asesor en Recursos Humanos contaba que los tóxicos siempre toman café juntos. Quien más quien menos da fe de ello. Ese grupito de personas que dan vueltas al cafecito de la mañana y comparten lo malos que son los jefes, lo pésimos que son los compañeros, lo nefasta que es la empresa, lo poco valorados y reconocidos que son y la confabulación que hay en contra de su propio y modélico desarrollo profesional. Un amigo pasó por esta situación. Un día vio la luz y la coherencia llamó a su puerta. O se iba o reciclaba su rabia. Fue a un terapeuta que le enseñó un par de verdades. La primera: si consideras que todos, menos tú, son ineptos es probable que el problema seas tú. Mi amigo se ha pasado al té.

Hay incoherencias para todos los gustos. Muchos de los que se quejan de la mala conducción de la gente son incapaces de respetar un paso de peatones, un ceda o no le ven la utilidad al intermitente. Alguien despotrica contra la excesiva presión fiscal, pero sigue alquilando ilegalmente a turistas una vivienda en un edificio plurifamiliar. Otro no respeta el horario para sacar la basura y es capaz de abandonar con nocturnidad y alevosía un colchón en un descampado, pero critica vorazmente en redes sociales la mala gestión municipal de la limpieza. Se maldice a los políticos que se han sacado un sobresueldo a costa de nuestros impuestos, pero tenemos la jeta de pedirle al mecánico una facturilla sin IVA. Hay quienes exigen respeto a base de gritos o se autoproclaman muy demócratas antes de espetarle un "facha" al que piensa diferente a ellos.

Una conocida dejó a su pareja, harta de soportar arranques de celos y control constante. Pocos días tras la ruptura descubrió que su ex le exigía devoción y le montaba numeritos shakespearianos desde las camas de algunas de sus amantes. No tolerar la mala educación, pero ser incapaz de vocalizar un "por favor". Exigirle complicidad y atención a nuestra pareja, pero rara vez levantar la vista del móvil para decirle algo bonito. O, simplemente, decirle algo.

La coherencia es como una onda. Arranca con quienes la practican, se va expandiendo y cada vez llega a más personas. Tiene efecto contagio y es imparable. Sobre todo, en el bienestar que provoca a quienes la practican. Darse argumentos para mirarse en un espejo y ver a una buena persona no tiene precio. Y, si lo tuviera, seguro que pagaríamos su impuesto de buena gana.

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