Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

POR CUENTA PROPIA

Cortázar y los tuits

El editor Guillermo Schavelzon cuenta que Julio Cortázar cogía el metro un par de veces a la semana hasta la oficina de Correos para mandar las cartas con las que respondía personalmente a los lectores que le escribían para hablarle de alguno de sus libros. Dejando a un lado el hecho de que un intercambio epistolar con Cortázar es ya en sí mismo de la categoría "anécdotas que contarías a tus nietos", que este se produjera antes de internet tiene todavía más mérito, porque entonces, además de tener que usar algún medio de locomoción, había que tomarse algo de tiempo y muchas molestias para según qué interacciones.

Actualmente este intercambio de impresiones entre el autor y el público es posible a través de blogs, donde se reserva un espacio para recoger las reacciones, o incluso por medio del correo electrónico, medio más privado que el anterior, si bien ambos permiten administrar las respuestas y su impacto sobre terceros. Es, desde luego, un medio más fácil que la correspondencia clásica.

Nunca sabremos si el padre de los cronopios o Borges, Shakespeare o Cervantes se habrían sumado al carro de las nuevas tecnologías de la comunicación, y de ser así cuesta imaginar cuánto más universal sería hoy su literatura. No hay duda del tirón que tiene la red para proporcionar audiencia pero, ¿qué tan eficaz le resulta al final esa herramienta al que se dedica a escribir, en un mundo donde la lectura es discontinua, fragmentaria y en el que el acopio de seguidores supera con frecuencia el de ventas?

El novelista Lorenzo Silva se ha borrado de Twitter. Dice que la red social se había convertido para él en una distorsión que le apartaba "de cosas más importantes". Ha tardado siete años en llegar a esa conclusión, que él sintetiza como producto de un balance coste-beneficio. Un término que sorprende por su asepsia y que bien podría significar que no le da la gana tener que aguantar según qué impertinencias, lo cual es comprensible. Sin embargo me sigue fascinando lo mucho que nos tomamos en serio esta plataforma. Por ejemplo, un lector (o no) de diario opinaba hace unos días al pie de un artículo, en el apartado de comentarios de su edición digital, que para qué queremos periódicos (ese montón de hojas impresas en el que quedan convertidos después de que alguien los lee), si ya tenemos Twitter. Empieza a cumplirse la profecía del "fin del mundo del fin", según la cual "cada vez más los países serán de escribas", un planeta alicatado por la verborrea.

Los saloncitos de té de internet no nos hacían falta, pero ahí los tenemos, como un modo más de que se nos preste atención aunque sea fugazmente. No se inventaron para cubrir una necesidad -la oportunidad de ponerse a opinar a voz en grito en medio de la plaza del pueblo a oídos de quien quiera escuchar siempre estuvo ahí- aunque han hecho posible que cualquier ciudadano anónimo se convierta en personaje público por un momento de efervescencia y que trate de hacer llegar sin intermediarios y en tiempo real su mensaje al destinatario. Lo que ahora debería discutirse no es si realmente hace falta tener que comunicarse todo el santo día, sino la calidad de ese contacto, su alcance y su verdadera utilidad, porque fuera de esa burbuja hay media población que no se conecta habitualmente y que, por lo tanto, lo considera absolutamente prescindible para su bienestar y supervivencia, aunque devore libros en su intimidad.

Entre la otra mitad hay quien exhibe un sonoro aplauso a eventos que olvidarán antes de visitarlos o novelas que nunca leerán, del mismo modo que lloramos el cierre de comercios a los que apenas fuimos o de bares que jamás pisamos. "Pareciera que la gente cada vez quiere saber más de su ídolo y menos leer lo que escribe", afirma Schavelzon, aunque advierte de que el hecho de que se haya simplificado la vía de contacto de los unos con los otros puede haber contribuido a banalizar esa comunicación que en otro tiempo pasaba ineludiblemente por otros cauces más o menos literarios (el género epistolar lo es).

Con los escritores en Twitter pasa un poco lo mismo que en su día sucedió con los actores que empezaron a tomar partido por la situación política en las galas y demás acontecimientos culturales; por lo visto, algunos no esperan de ellos que tengan opinión sobre determinados aspectos, o que al menos no discrepen de su propio parecer, lo cual resulta hilarante porque en la red opina libremente hasta el apuntador. El resultado es que más de uno ha optado ya por ausentarse y a cada baja se va quedando la sala un poco más pobre de matices, más como un experimento sociológico y menos como algo a lo que valga la pena prestar atención.

Compartir el artículo

stats