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La Provincia - Diario de Las Palmas

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las siete esquinas

Y un admirador

En una universidad berlinesa, hace pocos días, un sindicato de estudiantes se quejó de la exhibición en una fachada del campus de un poema que les pareció sexista. El poema, escrito en castellano por un poeta suizo-boliviano de 93 años, Eugen Gomringer, decía así: "Avenida/ avenidas y flores/ flores/ flores y mujeres/ avenidas/ avenidas y mujeres/ avenidas y flores y mujeres y un admirador". El poema fue retirado por las autoridades académicas. Cuando leí la noticia hice una pequeña investigación para comprobar si era cierta, porque en esta época de fake news hay gente que se dedica a difundir toda clase de disparates por el simple placer de engañar o desacreditar a otras personas. Y no hablo de la gente que difunde interesadamente mentiras por causas políticas o ideológicas, no, sino de la gente -ociosa y aburrida, imagino- que se entretiene alterando la realidad por el sencillo método de crear noticias falsas. Hace cincuenta años, alterar la realidad era un asunto complicado. Para hacerlo había que talar un bosque, escribir un libro, derribar un gobierno, enamorarse de otra persona, construir una carretera, filmar una película, tener un hijo... Hoy todo es más sencillo y basta con un ordenador y una conexión a Internet. Photoshop, Google y un poco de imaginación se encargan del resto.

Pues bien, al principio pensé que esa historia era un invento (o un invent, como se dice ahora, porque se ve que la palabra originaria ya ha perdido toda capacidad de sugestión). Y un invento, además, tramado por alguien que tenía una inventiva de primer nivel. Y cuyo propósito no era otro que criticar muy sutilmente la oleada de puritanismo que nos está invadiendo: un puritanismo, se entiende, que dice defender los derechos de las minorías (mujeres, razas que no sean la blanca, homosexuales, inmigrantes), pero que en realidad está resucitando la censura y la caza de brujas contra todos los disidentes. Y en este caso, el bromista se había inventado un poema muy malo, perteneciente además a una supuesta corriente de "poesía concreta", que había sido expuesto en la fachada de una universidad berlinesa hasta que había sido retirado por haber provocado las críticas de un sindicato estudiantil. ¿Y por qué? Pues por la sencilla razón de que esos estudiantes consideraban que el poema era sexista y denigratorio para las mujeres. Y todo por el uso de una sola palabra ofensiva: "admirador".

Todo era tan inverosímil, tan estúpido, tan absurdo, que pensé en una broma ingeniosísima digna de figurar en una antología contemporánea de los invents (y pido perdón por usar de nuevo el palabro). El bromista no sólo se burlaba de los cándidos programadores universitarios que se dejan cegar por el pésimo arte y la pésima poesía (siempre que les parezcan modernos y transgresores, claro está), sino también de los pésimos poetas que acaban recibiendo premios y alabanzas en el mundo entero. "Avenida/ avenidas y flores/ flores/ flores y mujeres/ avenidas/ avenidas y mujeres/ avenidas y flores y mujeres y un admirador". ¿No se parece esto a lo que hacen los niños que aporrean dos o tres notas, siempre las mismas, en un piano, durante los interminables domingos por la tarde? Pero lo mejor de todo en esta supuesta noticia falsa era la burla contra los estudiantes quisquillosos que se sentían ofendidos por el uso de una palabra obscena, insultante, difamatoria, intolerable, una palabra que ofendía de tal modo a las mujeres del mundo que debía ser eliminada de inmediato: "admirador".

Pues no era una broma, no, porque siento decir que todo es real. Existe el inverosímil poeta suizo/boliviano de 93 años, que por más señas nació en un lugar que también parece inverosímil: Cajuela, Bolivia. Y existe la "poesía concreta" y existe ese poema en concreto (hay fotos de la fachada donde se exhibió). Y existe también la denuncia del sindicato universitario que acusó al poema de "sexista". Y lo peor de todo es que también existe la respuesta inconcebiblemente cobarde de las autoridades universitarias que se apresuraron a retirar el poema. Y todo por el uso de esa palabra infamante, envilecedora para la condición femenina del mundo entero: "admirador".

La cosa va en serio. Dos estudiantes intentaron hace poco retirar un cuadro de Balthus de un museo de Nueva York porque les parecía "obsceno". Y los ejemplos se repiten todos los días. Y lo más preocupante de todo es que esto ocurre cuando hay una tendencia paralela a crear gobiernos cada vez más autoritarios que se creen con derecho a censurar lo que los ciudadanos pueden ver y hacer y conocer. Trump, Putin, Erdogan, los dirigentes chinos, Maduro, etc, etc. Y no nos engañemos: la censura y la deriva autoritaria no son fenómenos independientes ni inconexos, sino correlativos. Una cosa precede a la otra. Primero viene la denuncia y la crítica, aunque sea a una palabra tan inocua como "admirador". Y luego viene la prohibición. Y estas prácticas tienen cada vez más admiradores, que en muchos casos ni siquiera saben que actúan como censores. Y peor aún, como tiranos en potencia.

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