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OBSERVATORIO

Una huelga ¿para qué?

La huelga de mujeres en 177 países, para conmemorar el 8 de Marzo, ha propiciado opiniones y actitudes enfrentadas entre los representantes del arco social y político, la opinión pública e incluso algunas asociaciones feministas. Se ha puesto en entredicho la utilidad, la conveniencia y hasta la legitimidad de la convocatoria. Afortunadamente, la huelga como medida de presión y reivindicación está aceptada, normalizada y legislada desde hace mucho tiempo en la sociedad. Esta huelga se ha desaprobado y condenado a pesar de que hoy en día todos reconocen el valor de las movilizaciones obreras que se produjeron durante la revolución industrial para conseguir la implantación de la jornada de ocho horas o, la incesante y justa reivindicación de un salario mínimo decente y justo, que se remonta a los principios del siglo XX, y todavía continúa.

Nos inquieta la polémica generada por este modesto intento de revitalizar la lucha por unos derechos por desgracia no reconocidos a una gran mayoría de las mujeres, o reconocidos pero no respetados a otras. Nos inquieta porque recuerda demasiado a los enfrentamientos entre los conservadores y los revolucionarios; los sindicatos y los movimientos feministas; Rosa Luxemburgo y Alexandra Kolontai o Clara Campoamor y Victoria Kent. Y también nos inquieta porque hace tiempo que la mayoría social da complacientemente por superadas algunas controversias que se iniciaron en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX, sin que estén en absoluto superadas.

Inquieta porque, a muchos años de que, en recuerdo de la ignominia cometida contra las trabajadoras de la fábrica neoyorquina, la ONU instituyera el 8 de Marzo como Día de la Mujer Trabajadora, es imposible no experimentar un incómodo déjà vu ante actitudes y opiniones que se parecen demasiado a las del pasado, que la conmemoración de este día pretendió -ingenuamente- hacer desaparecer.

Inquieta, porque ha pasado más de un siglo y medio desde que un grupo de obreras textiles perecieran en un incendio provocado con la intención de frenar el movimiento para defender una jornada laboral de diez horas y el derecho a un salario igual al de los hombres, sin que esa elemental reivindicación se haya conseguido. Porque esos derechos son algunos de los que todavía hoy se niegan o en el mejor de los casos se escamotean a la mayoría de las mujeres.

Ningún hombre calificaría su caso de excepcional si recibiera un salario acorde al puesto de trabajo que desempeña, ni siquiera en el marco de este complejo e injusto mercado de trabajo que está consolidándose en la salida de la crisis económica. Sin embargo, la sociedad e incluso nosotras mismas, calificaríamos como afortunadas a las mujeres de esa minoría que recibe un salario justo e igualitario. Se ignora así, inconscientemente o voluntariamente, que la excepción debería ser regla, el tan largamente demandado salario igualitario.

Se ignora también la doble carga que todas las mujeres que están incorporadas al mercado laboral soportan. Que bajo la ya rancia etiqueta de "sus labores" se oculta no sólo la intendencia doméstica familiar, sino también una extensa red de cuidados físicos y emocionales que en muchos casos deberían ser asumidos por el Estado, pero son desempeñados por las mujeres. No olvidemos que el trabajo doméstico, que no es inferior al asalariado, alcanza en algunos países hasta el 45% del PIB. Sin embargo, no se cuenta en el PIB, ¡qué gran injusticia y qué gran engaño de las estadísticas macroeconómicas! Ni siquiera contamos para eso... El economista inglés Pigou formuló la conocida paradoja que lleva su nombre: si un caballero se casa con su criada, hace reducir el PIB... Porque la producción doméstica es invisible a la contabilidad nacional.

En este momento de la historia en el que casi cualquier fenómeno económico o social puede objetivarse y medirse, es todavía más grave el pretendido desconocimiento por parte de gobiernos e instituciones de hechos que están perfectamente definidos y cuantificados. Como que la brecha salarial entre géneros en nuestro país no deja de crecer y alcanza ya un 30%. Que los empleos precarios por debajo del salario mínimo interprofesional están ocupados mayoritariamente por mujeres o que el número de mujeres con ingresos superiores a los cincuenta mil euros es la mitad que el de los hombres.

Así pues, una huelga ¿para qué? Hay muchísimas respuestas convincentes, como estas: para hacer visible lo invisible, para demostrar que sin nosotras la sociedad no funciona, para tomar el testigo de las reivindicaciones obreras de los siglos XIX y XX, para ser solidarias con otras mujeres, para decir ¡Basta ya! aquí y en los otros 176 países que participarán en este movimiento del 8 de marzo en el concierto global de empoderamiento de la mujer en el mundo.

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