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las siete esquinas

¿La realidad?

En Rusia hay unas empresas, por llamarlas de alguna manera, que se han especializado en la fabricación de seguidores falsos en Twitter (y creo que también en Facebook, en Instagram y en YouTube). A cambio de un módico precio -unos cien mil seguidores sólo cuestan 400 dólares-, estas empresas que operan en el mercado negro crean millones de perfiles falsos, con fotos trucadas y con nombres inventados y con sus correspondientes minibiografías. Y gracias a un sencillo mecanismo de bot, estos falsos seguidores van enviando disciplinadamente sus likes y sus retuits a tus propios mensajes, y así de camino van engordando tu ego (que si en un primer momento tenía el tamaño de un obeso mórbido, ahora ya se pone al nivel de un braquiosaurio). En una palabra, basta pagar una cantidad razonable para convertirse en un fenómeno de las redes sociales con millones de seguidores. Al parecer, las cuentas de las cantantes más famosas y de los políticos más eminentes y de las más grandes celebrities tienen millones de estos falsos seguidores que no han existido nunca.

Cuando leí esta noticia, me alegró saber que mi admirado Pável Ivánovich Chíchikov, aquel otro ser que jamás existió porque no era más que una creación de Nikolai Gógol en Almas muertas, había tenido un club de imitadores que habían sabido actualizar su negocio. Y mientras que el gran Chíchikov se dedicaba a comprar los siervos muertos de la Rusia zarista que aún figuraban en el padrón de sus antiguos amos, para así hacerse pasar por un rico propietario que disponía de miles y miles de esclavos -que luego hipotecaba para conseguir dinero contante y sonante de los bancos-, así estos modernos seguidores suyos han inventado las almas muertas de Twitter y Facebook, que no existen ni han existido jamás, pero que se pueden comprar y vender como si fueran bienes de consumo reales. En realidad, Chíchikov fue un precursor de este prodigioso capitalismo actual que es capaz de crear crédito -es decir, confianza bancaria, es decir, dinero contante y sonante aunque no figure en ningún sitio- a partir de la pura nada.

En cierta forma, la obsesión por los másteres y las titulaciones falsas está relacionada con la moderna obsesión -tan antigua como el bueno de Chíchikov, por otra parte- por alardear de lo que no tenemos y por hacernos pasar por quienes no somos. ¿Hay alguna diferencia entre el máster de Cristina Cifuentes y esa simpática follower que dice llamarse Aliceb y vivir en Brooklyn, Nueva York, pero que cuando pincho en su perfil me envía a unas extrañas páginas escritas en caracteres coreanos (o vaya usted a saber). Y la tal Aliceb, por si fuera poco, no tiene amigos de ninguna clase y sólo me sigue a mí entre todos los seres del universo (sí, señores, yo también tengo mis almas muertas, aunque son tan pocas que jamás me permitirían obtener ni un triste crédito de 0,00001 euros). En cualquier caso, lo preocupante de estos másteres fraudulentos es que no salen de una siniestra empresa de hackers escondida en algún lugar de Rusia, sino de universidades que pretenden actuar con el mayor respeto a la ley, y no sólo eso, sino que encima se permiten cobrar a los incautos por enseñarles -a precio de oro en muchos casos- en qué consiste exactamente el respeto a la ley. Con un máster, por ejemplo, sobre Derecho Tributario. O sobre Derecho Constitucional. O sobre Derecho Autonómico, como el que cursó Cristina Cifuentes transfigurándose en una nueva Aliceb que nunca existió.

Y lo peor de todo es que esta epidemia de titulaciones falsas tiene lugar en un mundo en el que la realidad se está volviendo cada día más borrosa y más frágil y más difícil de percibir. Acabo de leer que hay programas de tratamiento de imagen que pueden falsear cualquier identidad -la de Mark Zuckerberg o la de Messi o la de usted o la mía- e introducirla en un vídeo falso en el que se nos haga hacer lo que le dé la gana al programador. Es muy posible que los mismos fabricantes de followers falsos sean los que están montando ahora este nuevo negocio de los vídeos que parecen absolutamente reales -con nuestra propia imagen y nuestra propia voz-, aunque nada de lo que aparezca en ellos sea real. En esos vídeos se nos podrá ver cobrando un soborno, o ejecutando una fogosa práctica sadomasoquista con un menor de edad, o recibiendo las aclamaciones de una masa, o participando en un combate, o pegando a alguien con un bate de béisbol. Y nada de eso será real, pero todo el mundo creerá que lo es porque la calidad técnica de la falsificación será inmejorable. Y el día que llegue eso -y al parecer falta poco-, no tendremos escapatoria posible, a no ser que busquemos el consuelo de los followers como Aliceb que nos jurarán que nos creen y nos quieren y siempre se han fiado de nosotros.

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