Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

entre líneas

Nebrija, un olvidado más

El 1992 fue un año de celebraciones, lo recordarán seguramente. Las Olimpiadas de Barcelona, el desbordante acontecimiento del descubrimiento de América, la Exposición Universal en Sevilla, la Capitalidad Cultural de Madrid, y entrando el verano hasta se celebró en Río de Janeiro una Cumbre de la Tierra, así como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo de cuya eficacia nadie pudo dar fe. Fue un año de eventos, pero sucede que, cuando tantas cosas pasan en la cumbre, algo yace en la cuneta que no debiera. Sí, el también Quinto Centenario de la publicación de nuestra primera Gramática castellana, cuyo artífice fue, como bien saben, Elio Antonio de Nebrija, y fue algo así como una primera constitución lingüística, o sea, las normas que nos legalizaban dentro del campo de la lengua y, por ende, también de la literatura. Desgajados de la lengua madre -el latín-, adquiríamos entidad propia, nuestra real carta de ciudadanía, y con ella estábamos naciendo a una peculiar manera de expresarnos que iba a determinar nuestra identidad frente al mundo. En realidad, él quería recuperar el latín correcto que hablaban los clásicos latinos, el que usaba Cicerón, por ejemplo, que se estaba perdiendo porque se mezclaba con el habla vulgar del pueblo, y pensó que una buena estructura de esa lengua romance evitaría que se perdiera el latín culto, que desde tiempo se hablaba en las universidades como signo de cultura. Recordemos que Nebrija fue docente durante muchos años en la Universidad de Salamanca y que, llamado por el Cardenal Cisneros, colaboró en la edición de la Biblia Políglota Complutense, esa gran obra tan novedosa de su tiempo.

Pero así como nosotros hemos olvidado tal acontecimiento en este siglo XXI, a ras de pueblo en aquel 1492 los habitantes que vivieron los hechos, en directo, se preguntarían para qué Colón buscaba otro camino hacia las Indias, si ya podían llegar por uno conocido. Pero en la corte de Fernando e Isabel, en las universidades, en los conventos, entre la gente culta, corría ese novedoso libro del que hemos hablado y que sintetizaba aquellas normas gramaticales. "Mi propósito", decía Nebrija, "es el de restaurar a los autores del latín que estaban ya, muchos siglos había, desterrados de España. Allí gasté diez años en lo desprender". Palabras textuales de este hombre que nos ofreció tanto: ayudar a desprendernos de la lengua madre como se van de casa los adolescentes cuando llegan a una edad adulta. Y no quiero abundar en el elogio de nuestra lengua porque ya otros lo hicieron con justeza en los siglos que me precedieron, pero sí echo de menos ese recuerdo cuando en estas épocas del año el protagonismo del libro se pone de pie. Y también reprocho el desamor hiriente por nuestra lengua frente al empeño por el auge de otras que parecen hoy ser "más rentables". Nadie es considerado vecino importante de este planeta si no es capaz de comunicarse en la que ellos llaman la lengua de Shakespeare, aunque no tengan ni idea de quién sea ese señor. Y es que el inglés va unido al dólar, o al dinero en sí, o al maldito puesto de trabajo fijo. Hay que ver la categoría que alcanza el que tiene acceso a ese saber, aunque en calado cultural no llegue a los mínimos. Emilio Lledó, ese filósofo nuestro que, por cierto, escribe en la lengua de Nebrija, dice: "La verdadera riqueza en la cultura y la literatura no es solo por el principio de libertad intelectual que nos ofrece sino que ella misma es un universo de identidad libre, un territorio de la infinita posibilidad. Los libros son puertas que nadie podría cerrarnos jamás..., vivir es dialogar, entender, soñar, interpretar...". Con el fin de abrirnos esas puertas, trabajó Nebrija muchos años y nos proporcionó la herramienta para que Cervantes nos pudiera obsequiar con El Quijote.

Y Quevedo con sus sonetos, y San Juan con su Cántico Espiritual, Lope con su Fuenteovejuna, Machado con todo, y uno que pasaba por Tormes, con El Lazarillo... Por ejemplo. Bueno, también Rubén Darío... García Márquez ... César Vallejo ... Porque a estos, allende los mares, también les llegó.

Así pues, este acontecimiento, ¿no merece, cuanto menos, un recuerdo, el día del libro?

Compartir el artículo

stats