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punto de vista

El desencanto digital

Los periódicos se han apresurado a dar por muerto a Facebook. Aprovechan la crisis que atraviesa la compañía al saberse de la apropiación interesada de datos de millones de sus clientes. Le tenían ganas y no paran de publicar tutoriales sobre cómo borrarse de la red social. Esta medida de castigo parece presagiar una reacción -por fin- de los usuarios con cuya información privada se ha estado haciendo negocio. Se ha confirmado la manida máxima: es gratis así que el producto eres tú.

La crisis de credibilidad de Facebook ha dejado tocada la reputación del joven Zuckerberg, aquel chiquito travieso de la película La red social. Aquel joven empresario en playeras al que todos se querían parecer y del que ahora todos huyen como de la peste. Aquel cuyos discursos políticos dejan entrever a un futuro presidente. Hasta los gurús digitales como el jefe de Apple, Tim Cook, reniegan de él.

El actor Will Farrel, la revista Playboy, el dúo Massive Attack, las empresas Tesla y Space X son sólo algunos ejemplos de influyentes usuarios que han decidido dar portazo a sus cuentas en Facebook. Elon Musk, dueño de las dos últimas empresas y enemigo declarado de Zuckerberg, tampoco atraviesa su mejor momento. En los últimos días, dos de sus coches autónomos han tenido accidentes con víctimas mortales.

Por si fuera poco, otro gigante, Jeff Bezos, el dueño de Amazon, se enfrenta a la amenaza del presidente Trump, quien ya ha hecho notar que la empresa paga muchos menos impuestos de los que debiera. Hace muchos años que lo saben todos los gobiernos de Europa, pero ninguno se había atrevido a chistar. Más a más, la gran compañía del comercio electrónico se ha tenido que enfrentar en España a una huelga -qué anacronismo- por las míseras condiciones que ofrece a sus empleados. Todo indica que llega la hora definitiva de los robots, que ni paran ni pagan impuestos.

El nebuloso mundo digital parece haberse despertado del sueño idílico de las últimas décadas. Sus empresas recibían todo tipo de beneficios por el hecho de ser innovadoras, creativas, emprendedoras, sostenibles y por poner un futbolín para que sus empleados soportaran con más ánimo las largas jornadas de trabajo.

Se nos caía la baba a todos con tanta modernidad, tanta inteligencia artificial, tantas plataformas de televisión, tantos mensajeros que nos proporcionaban la comida o la compra en un solo clic.

Y ahora resulta que el mundo digital no es tan glamuroso como lo pintaban. Las redes sociales tienen la culpa de todo, hasta de la ola de asesinatos en Londres, según Scotland Yard. Se ha vuelto tan peligroso internet que hasta encendemos con miedo al ordenador; ya sabemos que, como poco, nos van a robar algo. Algún problema tenía que tener cuando lo empoderaban tanto. Pasado el sarampión de la inocencia, ya es hora de ser adultos y de darnos cuenta de que nada es gratis, de que las nuevas compañías de Silicon Valley o de Seattle no son hermanitas de la caridad, sino vulgares conglomerados empresariales al servicio de la riqueza de sus dueños o del poder político. Nada nuevo, por otra parte.

Esta misma semana el digital Quartz comparaba a los ingenieros arrepentidos de haber creado las redes sociales con los científicos arrepentidos de haber creado la bomba atómica. Salvando las distancias, lo cierto es que ambos inventos tienen en común ser utilizados como armas, cuando originalmente fueron ideados para causas más nobles. A saber qué estaremos tramando hoy para tener que arrepentirnos mañana.

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