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La séptima tarde

Analogía arquitectónica: no se puede cargar todo el peso de la bóveda de dos horas de programación en la tarde de los domingos sobre la piedra clave de la simpatía de una presentadora, ni siquiera cuando esa presentadora es Cristina Pardo. Liarla Pardo amenaza derrumbe, y no porque los arquitectos hayan elegido mal la dovela central de la crucería -si hay una periodista que puede sostener este programa sobre sus hombros es Pardo-, sino porque no han previsto otros elementos de apoyo que reduzcan las cargas verticales sobre la sonrisa de Cristina. Bastaría con unos arbotantes que recojan un poco de presión en el arranque de la bóveda con un poco más de volumen que Roberto Brasero o Gonzalo Miró. No es la fragilidad de la clave, sino la de las demás dovelas, la que pone en riesgo la estabilidad del edificio.

Analogía gastronómica: las especias pueden ser condimentos maravillosos dentro de recetas extraordinarias. Pero no pueden ser el ingrediente principal de dos horas de programa en la tarde de los domingos, ni siquiera cuando esa especia sea la simpatía de Cristina Pardo. El romero le va de maravilla al pollo; el tomillo, a la dorada; unos espaguetis a la albahaca pueden estar deliciosos. Pero un plato de romero solo, o de tomillo o albahaca sola, es imposible de comer. Liarla Pardo confía todo su sabor a la aromática sonrisa de Cristina, pero olvida que hace falta una buena carne o un buen pescado para que esa especia demuestre toda la riqueza de matices que contiene. Y eso que el comidista Mikel Iturriaga está entre sus colaboradores...

Analogía televisiva: cuidado con las fórmulas. No funcionan solas. No basta con poner una mesa de colaboradores, unos reportajes de calle y una entrevista para que el programa prenda en la programación. Ni siquiera con el apoyo de la simpatía de Cristina Pardo. Cada día de la semana, cada franja horaria tiene sus misterios. Lo que funciona en La Sexta noche puede fracasar si se intenta convertir en La séptima tarde.

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