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opinión

Compás de espera (sin huevos)

Díaz-Canel llega a la presidencia de Cuba, un país sin analfabetos y con una esperanza de vida media de 80 años, cuando los cubanos atraviesan su etapa de mayores penurias desde el fin del "periodo especial" que siguió a la caída de la URSS. De hecho, la ironía favorita del cubano de a pie consiste en responder a un "¿hola, qué tal?" con un cómplice "ya tú sabes, en la lucha, hermano". Una lucha por sobrevivir, no por construir el socialismo, en una tierra donde para la mayoría un huevo es un lujo de turistas que hay que comprar, como tantas cosas, en el mercado negro.

Con Díaz-Canel, se repite una y otra vez, llega el primer presidente castrista que no se apellida Castro y que aún no había nacido al triunfar la Revolución. Un presidente, conviene matizar, que desde 2013 era vicepresidente primero y que tendrá planeando sobre él la tutela de Raúl Castro y las presiones de los jefes militares y de la cúpula "histórica" de un PC que el propio Castro dirigirá hasta 2021. Un pragmático continuista de 58 años que, no sobra resaltarlo, encarna un relevo, no un cambio, y obliga a abrir un compás de espera y observación.

El nuevo presidente, que deberá mantener el estilo colegiado de decisión implantado por Raúl Castro, llega con reformas pendientes. Desde el exilio y la disidencia interior se lamenta que las de carácter político tendrán que esperar. Desde la calle, en cambio, se clama que lo perentorio es dar nuevo impulso a unas reformas económicas que fracasaron en buena parte por el miedo de la cúpula del PC a "una explosión capitalista". Ese fracaso ha sumido al país en la carencia y la carestía al agotarse el maná chavista y trocarse el deshielo de Obama en la enemiga de Trump. La cifra oficial de crecimiento en 2017, poco aceptada, fue del 1,6% tras una caída del 0,9% en 2016.

Las reformas iniciadas en 2011 en una economía con una dependencia estatal del 90% trajeron cierta apertura a la inversión extranjera, internet limitado, censurado y caro; la entrega de tierra en usufructo a campesinos, la posibilidad de comprar coches y casas y, lo más decisivo, el permiso para que miles de "cuentapropistas" hayan abierto pequeños negocios, en su mayoría vinculados a la hostelería y el turismo. El modelo eran China y Vietnam, pero la burocracia comunista ha impedido, en un país donde todo va muy despacio, que los programas de inversión avancen deprisa.

Si Díaz-Canel logra dar pasos desentumecedores -entre ellos, acabar con la doble divisa que tanto distorsiona la economía- habrá cumplido una misión crucial. Si no, los cubanos habrán de continuar "en la lucha". Aunque vuelvan los huevos a las tiendas.

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