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La suerte de besar

Una vida tranquila

Muchos llevamos media vida tratando de hacer las amistades con la idea de que algún día moriremos. Es una amistad con altibajos. A pesar de que es una verdad rotunda, le damos la espalda la mayor parte del tiempo. Ni pensar, ni hablar, ni imaginar. Vislumbrar esa realidad nos da pánico y lo compensamos aferrándonos a la vida cual lapas a las rocas. No vivir ni un instante en balde, ni una relación sin pasión, ni un día sin ser conscientes del regalo que supone. A pesar de la actitud carpe diem, el miedo vuelve. Antes o después. Así que, vale la pena entenderlo. ¿Es morir lo que nos aterra? Algunos dirán que sí. Para otros, es la posibilidad del sufrimiento previo lo que provoca pavor. La semana pasada murió un hombre que tenía como objetivo dar seguridad a los enfermos y asegurarles que no pasarían por ese mal trago. El doctor Luis Montes.

Le conocí cuando vino a dar una conferencia poco después de que la justicia corroborara su inocencia. El gobierno de Esperanza Aguirre le acusó de haber matado a 400 pacientes terminales, basándose en una denuncia anónima. Le llamaron doctor muerte y pusieron en duda su ética, profesionalidad y la de todo su equipo. Pese a ello, el anestesista y coordinador de urgencias del Severo Ochoa seguía defendiendo una sanidad pública que atendiera a todos por igual y el derecho a poder morir dignamente. Sin sufrimientos innecesarios. Sin alargar la vida más de la cuenta. Sin malgastar el tiempo en tratamientos inútiles. Con serenidad y protección. Esta sociedad tiene una conversación pendiente. Plantear sin tabúes hasta qué punto podemos decidir por nosotros mismos y sobre nosotros mismos. Confiar que seremos respetados y cuidados por profesionales. Este debate contribuiría a a encarar el final de la vida con mayor tranquilidad.

La muerte del doctor Montes me hace recordar al actor Robin Williams. El profesor que motivaba a sus alumnos al grito de carpe diem en la década de los 90, acabó con su vida a los 63 años. Su mujer, Susan Schneider, publicó una carta en la revista Neurology describiendo su desesperación ante la incapacidad de los médicos de interpretar correctamente los síntomas del actor. Williams fue diagnosticado de párkinson, pero obviaron que también padecía cuerpos de Lewy. Una enfermedad fastidiada donde las haya que, además de deteriorar cognitivamente a quien la padece, hace sufrir alucinaciones y paranoias. Sin un buen diagnóstico, cualquier atisbo de calidad de vida queda fulminado. El actor buscó maneras de suicidarse en internet, falló en alguna ocasión y escribió notas de despedida como si ensayara el guion de una crónica anunciada. Williams fue la cara visible de muchas personas que encaran el final de sus vidas solas, con sufrimiento, aterradas y desesperanzadas. Esta realidad nos hace desear, valorar y defender la existencia de buenos médicos. De los que curan, pero también de los que sa-ben acompañar cuando la ciencia no es su-ficiente. De los que comprenden y no juz-gan los deseos de las personas que sufren. Profesionales que, como el Dr. Montes, pongan al paciente en el centro, escuchen su voluntad, respeten su libertad y tengan en cuenta el derecho a elegir la manera de irse. La entidad que presidía Montes se llama Derecho a Morir Dignamente. Voto por llamarla Derecho a Vivir Dignamente. Asegurar los cuidados necesarios para una muerte plácida es favorecer una vida tranquila. Algo que cualquier médico debería desear para sus pacientes.

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