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Las cuentas de la vida

Euroescépticos

Nada en Europa resulta sencillo, quizás por la herencia de un pasado demasiado denso. Hoy en día, el euroescéptico más brillante es un intelectual francés, discípulo de Raymond Aron y experto en liberalismo y en Tocqueville. Se llama Pierre Manent y ha acuñado el concepto de "momento ciceroniano" para referirse a ese extraño vacío de poder que se produce durante el periodo que va de una forma política a otra, ya sea de la república al imperio o del Estado-nación a esa construcción supranacional, todavía amorfa, que es la actual Unión Europea. El riesgo para la UE se sitúa precisamente en estos años concretos -lustros, décadas-, en los cuales el mercado y la moneda única se debaten entre el anhelo de una mayor integración -presupuestaria, política, jurídica, policial y de seguridad- y la tentación de renacionalizar la soberanía, acercando el poder a los niveles inferiores de decisión. Guste más o menos, la Historia nunca se mueve en una dirección única. Los judíos por ejemplo -lo explica Manent- fueron el primer pueblo que deci-dió salir de Europa y fundar el Estado de Israel fuera de nuestras fronteras naturales. El Brexit se deriva de un instinto similar -"la actual forma política de la Unión no es nuestro hogar"-, para lanzarse a continuación hacia el Atlántico como un portaaviones comercial que sirva de vínculo entre el continente, Améri-ca y las viejas colonias asiáticas que ahora son las nuevas economías de éxito (India, Singapur, Hong Kong).

En sus ensayos, Manent contempla casi como inevitable el fracaso de Europa. Observa que, al abandonar la vieja forja del Estado y debilitar sus vínculos nacionales, los países de la Unión se han comportado como el hijo pródigo que malgasta su herencia a cambio de un futuro sin perspectivas. Al perder soberanía desde arriba -hacia la UE- y desde abajo -hacia las regiones-, los estados quedan inermes si no son sustituidos por una nueva forma política con capacidad de decisión y fuerza suficientes. Sería una cuestión de demos y de horma, de marco y de contenido; en el fondo, de forma política. Porque, si la UE no es un Estado ni un imperio ni una república, ¿qué es exactamente? ¿Qué capacidad tiene? ¿En qué sentido constituye nuestro hogar? Son preguntas sin respuesta que, lógicamente, erosionan por su base la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Sin esa confianza -que es fundamento de la lealtad entre los ciudadanos, pero también entre los estados-, nada se sostiene.

El choque entre el sistema judicial español y alemán en lo que concierne a la euroorden plantea precisamente la cuestión del "momento ciceroniano". ¿Hasta qué punto la decisión del Tribunal Federal no muestra las costuras de la propia construcción europea? ¿Acaso no rompe el principio de confianza entre estados de derecho que supone uno de los fundamentos de la Unión? ¿Y no desvela con toda su crudeza ese espacio de nadie que es la UE, incapaz de plantear políticas comunes de alcance, de proteger las fronteras, de proyectar una imagen exterior común, de contar con símbolos y relatos compartidos, de ser sencillamente más Europa? Los presagios pesimistas de Manent sobre la UE se han visto confirmados estos últimos años, unas veces de forma dolorosa, otras con indignación; cebando a menudo el populismo y la reacción euroescéptica. Si no hay una patria común, ¿qué queda? Seguramente el retorno a las pequeñas naciones, sujetas a los caprichos de las grandes formaciones imperiales que nos rodean (Rusia, China, los Estados Unidos) y de ese continente con rasgos hobbesianos -África- que tenemos al sur. Ese es el peligro si Europa no es capaz de dar un paso adelante y funde, ahora sí, un demos y una nueva forma política lo suficientemente operativa como para responder a los desafíos internos y externos.

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