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Crónicas galantes

El vicio del trabajo

Probablemente sea el trabajo la única condena divina a la que los hombres (y mayormente, los sindicalistas) rinden culto con honores de santidad hasta el punto de dedicarle un día festivo. Como el de hoy, sin ir más lejos.

Lo curioso del asunto es que la Fiesta del Trabajo sirve más bien de pretexto para no dar palo al agua durante el puente del 1 de mayo, que en algunos reinos autónomos -tal que Madrid, por ejemplo- alcanza proporciones de kilométrico viaducto.

El trabajo es, en realidad, un vicio, si hemos de creer lo que dijeron en su día los cronistas del Antiguo Testamento. Inspirados por el Espíritu Santo, los autores de la Biblia describían en efecto el Paraíso como una especie de asilo de rentistas en el que nadie trabajaba. El dolce far niente, expresión con la que los especialistas italianos definen la ociosidad, era el principal atractivo del Edén.

De esa idílica situación nos privó cierta oscura fechoría de Adán y Eva, que así condenaron a sus descendientes a sudar de lunes a viernes para ganarse el pan. El pan y poco más, claro está; lo que notoriamente demuestra que el trabajo es cosa de pobres.

La experiencia demuestra que para ganarse el chalé, el yate, el Mercedes y una tranquilizadora cuenta cifrada en Suiza se requieren otras habilidades en modo alguno vinculadas al trabajo y a la grosera transpiración que éste suele producir entre sus víctimas. A tales efectos resulta mucho más útil hacer carrera en la política, el contrabando o cualquier otra actividad similar de baja exigencia laboral y mucho rendimiento económico.

Aun a pesar de tan claras evidencias, el pueblo en general y -lo que es más asombroso, los trabajadores- tienden a valorar el trabajo como una virtud. La idea, a todas luces sacrílega, fue difundida por los luteranos y otros herejes teutones que hoy mandan en Europa, con tal éxito que incluso la católica España ha asumido ese principio. Baste constatar que un puesto de trabajo es la principal aspiración de cualquier español, particularmente entre las franjas más jóvenes e ilustradas de la población.

Para mayor contradicción, las supuestas virtudes del trabajo han pasado a formar parte crucial del pensamiento de la izquierda, que ensalza sus bondades hasta en el nombre de los partidos. El Laborista de Inglaterra, por ejemplo; o el Trabalhista de Brasil; por más que esos dos países hayan inventado -paradójicamente- la Semana Inglesa y el feliz lema "Maís samba e menos trabalho".

Se conoce que los progresistas ignoran las tesis de Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx que en su tratado sobre "El derecho a la pereza" abominaba de la "bajeza" del proletariado mundial que, engañado por las falacias de los economistas, "se ha entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo". Tal depravación no podría sino derivar, a su juicio, en un exceso de manufactura de productos que no haría más que colapsar la economía y empobrecer a los trabajadores.

En el fondo, el pueblo -que es sabio, aunque no lo sepa- no para de darle la razón a Lafargue frente a las teorías de su adusto suegro. Prueba de ello es que el 1 de mayo, día de la santificación del trabajo, se ha convertido con el tiempo en una excusa como cualquier otra para que los trabajadores se tomen unas siempre merecidas vacaciones. No todos, claro está; pero es que aún queda mucho vicioso por ahí.

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