ETA anunció en octubre de 2011 "el cese definitivo de la actividad armada". Casi siete años después piden un sui generis perdón y anuncian su disolución. A buenas horas "mangas verdes". Cuando la banda hizo pública dicha decisión estaba ya derrotada policialmente y aislada social y políticamente. Ahora era ya prácticamente irrelevante, en España y en el País Vasco, como certeramente reflejó en un tuit Fernando Aramburo: "Por fin se disuelven. Por la tarde iré a nadar". La ciudadanía española y nuestra democracia se impusieron a ella y la vencieron, hace ahora más de seis años.

Los españoles, que sufrieron mucho con sus actos, demostraron firmeza y coraje democrático. La abatieron con ello y con la fortaleza del Estado. Triunfaron la eficacia del inteligente trabajo policial; la entereza y el rigor de la judicatura; la acertada legislación de las Cortes Generales y los pactos políticos contra el terrorismo.

Con el Pacto de Madrid de 1987, con el de Ajuria Enea de 1988 y con el Pacto por las libertades y contra el terrorismo de 2.000. Me enorgullece que el partido al que pertenezco haya antepuesto siempre la necesaria unidad contra el terrorismo a cualquier consideración partidista. En el gobierno y en la oposición.

Y fue una especial satisfacción personal que el fracaso definitivo de la banda coincidiera con un Pte. socialista, Zapatero, un ministro del Interior, Rubalcaba y un lendakari, Patxi López, del mismo partido. Pero insisto, la victoria fue de todo el pueblo español, de sus instituciones democráticas y especialmente de las víctimas que deben seguir sintiendo nuestra cercanía y solidaridad.

Las víctimas del terrorismo son una referencia ética para nuestro sistema democrático. La dignidad de una sociedad se mide también por la manera en que ampara y protege a quienes han sido víctimas de un atentado terrorista. Por eso, a partir de hoy, debe seguir siendo una prioridad de la sociedad española su reconocimiento, la defensa de su dignidad y el respeto a la memoria de todas ellas.

No olvidemos que el perdón, que ahora supuestamente piden los etarras, se mezcla con una distinción inaceptable de sus víctimas (unas "sin responsabilidad alguna", otras parece que no tanto) y la falsa justificación de su último comunicado:"ETA nació cuando Euskal Herria agonizaba por las garras del franquismo". Su historia de terror demuestra, sin embargo, que intensificaron su salvajismo para intentar que no se consolidara nuestra democracia. En 1978, año de aprobación de la Constitución, asesinaron a 65 personas; en 1979, el del referéndum del Estatuto, a 86; en 1980, el de la constitución del primer gobierno vasco tras la guerra civil, a 93; nunca en su trayectoria alcanzaron cifras similares.

Albert Camus nos alertó de que "toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara el fascismo". Quiso ETA, despreciando la vida humana, imponer ese tipo de sociedad y parecen seguir aún en el intento. Ahora por la vía de un falso relato.

Corresponde hacer una narración veraz de lo ocurrido. No podemos permitir que que sean los asesinos los que nos impongan la suya. Como dice Fernando Aramburu, en su magistral novela "Patria" : "No se te ocurra construir tu vida sobre la mentira y el silencio. Es lo peor, te lo aseguro". Estamos obligados a dar a conocer la verdad a las nuevas generaciones de españoles y vascos, "(...) si no aprenden a convivir con quienes piensan de manera diferente a ello, si no les enseñan que hubo un tiempo en el que unos desalmados mataron exactamente por eso, para imponer su pensamiento totalitario y supremacista", como dijo Rubalcaba, esta historia podría repetirse. Y ni como farsa debemos permitirlo.

Especial reconocimiento debemos a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas de España porque, lamentablemente, son las que han sufrido el mayor número de víctimas, mortales y heridas, de los etarras. Ellos y sus familias.

Y porque, en los tiempos de "plomo" de la banda, trabajaron denodadamente por nuestra seguridad. Tengo aún un recuerdo vivo del día que un mando de la Guardia Civil vino a la escuela de Vidiago, en la que impartía clase, para advertirme que mi nombre había aparecido en una lista de objetivos de los etarras. En el tiempo que pasó, hasta que fueron capturados todos los componentes del comando que había elaborado dicha relación, me sentí inquieto, pero también protegido gracias los miembros del benemérito Cuerpo. Ellos, la policía española y el CNI, siempre tendrán mi agradecimiento por los servicios que a todos los españoles han prestado.