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Punto y aparte

España no es país para las mujeres

España no es un país para las mujeres. No lo es desde hace siglos -y a la historia me remito- pero tampoco lo es en la actualidad. Formamos parte de ella, sí, trabajamos y contribuimos a su economía productiva y reproductiva, continuamos siendo el engranaje que une a la mayoría de las familias e incluso a los miembros de las mismas entre sí. También estudiamos y creamos; investigamos, escribimos e incluso opinamos (¡y públicamente!) pero, no nos engañemos, lo hacemos hasta cierto punto y de cierta manera. Porque España no es un país para mujeres, y lo sabemos.

Las políticas de igualdad y la evolución de la conciencia de la sociedad en muchos aspectos ha logrado avances impensables hace décadas. Pero, no nos engañemos, son los mismos avances que podemos experimentar globalmente en las sociedades avanzadas en otras cuestiones como el respeto al medio ambiente, los derechos humanos o las normas de convivencia, avances que mis abuelos tampoco se podían ni imaginar que llegaran a existir hace 60 años.

Ha habido, a base de insistir hasta la saciedad, una evolución de la conciencia en muchas cuestiones porque hay situaciones o injusticias (hacia colectivos por su forma de ser, de querer o de pensar, pero a veces simplemente por ser como son) que una mente mínimamente democrática nunca puede tolerar. Así que no lancemos las campanas al vuelo ni peguemos el cabezazo cuando alguien diga que se ha avanzado mucho en igualdad, que las mujeres hemos logrado mucho, pues no se ha hecho más que devolver un 5% de una deuda que asciende a cien o mil veces más. Y quizás por aquí viene el cabreo de esa España que no ama a las mujeres, por la deuda que tiene (y lo sabe) con ellas pero se resiste a saldar. De hecho, por todo el mundo es conocido que al moroso deshonesto le disgusta sobremanera reconocer que tiene una deuda y asumir las consecuencias de sus actos. Se inventará lo indecible para no tener que hacerlo y lo hará con herramientas tales como desprestigiar a la otra parte mediante el desprecio, el menoscabo, la descalificación o, sencillamente, la crítica abierta y feroz.

No estar preparadas para esto, no formar parte de ese/este mundo, no estar hechas para aquello, no tener el carácter necesario... Esto, aquello, lo otro. El eufemismo de siempre para no hablar de lo que se trata en realidad: del reparto del poder o de no querer compartirlo, mejor dicho. No estar preparadas para el poder, no formar parte de los órganos de poder, no estar hechas para gestionar poder, no tener el carácter necesario para ostentar el poder, ni la preparación...

Este es el verdadero problema, que esta España que no ama ni es país para mujeres decide en cúpulas judiciales, políticas o económicas integradas solo por hombres sobre el futuro de las mujeres, sobre las leyes que afectan a las mujeres, sobre los temas de los que se habla y de los que no, sobre qué es violencia y que no en lo que ocurre a la mujer. Como justificar esta estructura social medieval en pleno siglo XXI queda feo y da muestras de poca inteligencia ante cualquier interlocutor, el moroso que está en deuda con las mujeres y sabe que le toca por justicia dejar su sitio y repartir ya el poder con ellas se resiste y se inventa mil y un peros para restarle valor a las voces que reclaman lo que es suyo en un 50%. Que si el feminismo es previsible, una corriente, una moda, que si somos unas pesadas, un hartazgo... Y a veces, cuando les escucho, pienso en sus madres, mujeres, en sus hijas o sobrinas y me pregunto si ellas ven lo poco que le importan en realidad al moroso que tienen en casa, ése que prefiere mantenerse egoístamente aferrado a su poltrona de poder antes que reconocerlas como lo que son, legítimas herederas de todo y para todo en igualdad de condiciones que sus compañeros, hijos o hermanos varones. Mientras esto no se produzca, no se equivoquen, están ustedes quedándose con algo que no es suyo y eso tiene un nombre por todas y todos conocido.

Isabel Olmos. Periodista

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