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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Crónicas galantes

Suicidarse a los 104 años

Un joven australiano de 104 años decidió el otro día que ya iba pasado de kilometraje y era hora de parar el motor, para que lo acudió a una clínica de Suiza donde le ayudaron a morir tranquilamente al son del Himno a la Alegría. Teólogos y catedráticos de ética discuten con pasión sobre el asunto, como suele suceder en estos casos; pero en realidad no hay motivo para la controversia. Mal iríamos si uno no tuviese la libertad de decidir siquiera sobre su propia vida.

David Goodall, científico y profesor en activo, no alegaba motivos de salud, dinero o amor -carencias que suelen invocarse para el suicidio-, sino el mero cansancio de vivir. "Lamento mucho haber alcanzado esta edad", dijo a modo de explicación este hombre centenario, semanas antes de viajar desde Australia a la más liberal Suiza para ejecutar su letal propósito. Igual es que un siglo de existencia, aunque sea sana, pesa mucho en gente acostumbrada a usar la cabeza.

El profesor ya había intentado el suicidio sin ayuda, pero también sin éxito. Cuestión de falta de experiencia, probablemente.

Los japoneses, más duchos en las disciplinas del harakiri -cuyo nombre han popularizado- no necesitan por lo general del auxilio de los médicos de Basilea. Incluso se ha publicado por allá un completo manual sobre las varias maneras de darse uno mismo matarile que facilita mucho el autoservicio en esta delicada cuestión. Su autor, Kanzen Jisatsu Manyuaru, ha conseguido vender un millón de ejemplares de este peculiar libro de autoayuda; lo que acaso dé idea del interés que el asunto despierta en el Imperio del Sol Naciente.

Aun así, es fácil entender que, a los 104 años y por muy autosuficiente que uno sea, se precisa cierta ayuda para dejar este mundo traidor. De ahí que Goodall, pese a su aceptable estado físico, recurriese a los servicios de la medicina suiza para poner fin a una vida que ya no significaba nada para él.

A menudo se ha dicho que la prolongación de la vida más allá de los actuales límites conocidos podría ser más bien una tortura que una perspectiva deseable. Un detalle que quizá debieran tener en cuenta los neurocientíficos algo neuras de cierta empresa filial de Google, que creen factible demorar hasta los 500 años la duración de la existencia humana mediante la reparación del ADN en su taller.

Todo es posible, naturalmente; pero no por ello hay que llevarlo a la práctica. Sobre los horrores de la eternidad (y un siglo de vida puede hacerse eterno, como sugiere el caso de Goodall) caviló lo suyo Jorge Luis Borges, que era sabio aun antes de llegar a viejo. Dejó dicho el porteño en alguna entrevista que la idea de una vida eterna era en sí misma estremecedora. Si los avances de la ciencia permitiesen al ser humano vivir, quién sabe, dos o tres siglos, la mayoría se moriría de aburrimiento. Mucho trabajo iba a tener esa clínica de Basilea especializada en dar socorro a los suicidas.

La cuestión la ha zanjado el australiano Goodall -joven anciano a sus 104 años- con su decisión de coger el tren de salida sin esperar a que los imperativos de la biología hiciesen su trabajo. No apeló a grandes razones filosóficas o teológicas como las que esgrimen los partidarios y adversarios de la eutanasia. "No soy feliz", alegó Goodall con la sencillez de la que quizá solo sean capaces las gentes de cabeza lúcida. Para qué más argumentos.

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