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La Provincia - Diario de Las Palmas

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CARTAS A GREGORIO

Lluvia de primavera

Querido amigo: Con la lluvia y el paraguas pasa lo mismo que con el guardia y el semáforo, que no sabes si el guardia está en el semáforo porque hay cola o que hay cola porque el guardia está en el semáforo.

Es lo que suele ocurrir cuando coges el paraguas en el mes de mayo, que de repente sale un sol que raja las piedras y no sabes qué hacer con él. Lo vas dejando por aquí y por allí hasta que, irremediablemente, lo pierdes, y así es como los despistados vamos perdiendo de uno a tres paraguas por año.

Entonces, y aunque el tiempo esté revuelto, decides dejar el paraguas en casa, pero cuando después de cinco minutos empiezan a caer las primeras gotas, optas por entrar en un chino y comprar uno de esos pequeños paraguas de apertura automática que no ocupan casi nada.

Lo pruebas en la tienda y es una maravilla: apenas tocas un botoncito y zas, se abre como por arte de magia.

Después sales a la calle con la sensación de ir bien preparado y esperas a que llueva un poco más para que luego se obre el milagro de abrir el paraguas y que en un segundo estés protegido.

Pero hete aquí que el bendito artilugio no se abre porque, al parecer, cuando se moja ya no funciona tan bien, y te encuentras en plena lluvia empapándote hasta los huesos apretando el puñetero botón sin que pase nada, y no te queda más remedio que cobijarte en el primer portal maldiciendo en chino y esperando a que escampe.

Aquí en Canarias no suele hacer frío en primavera y, cuando llueve, más bien sube la temperatura. Así que sería mejor quitarte la ropa para que no se moje en vez de ponerte más, y salir a la calle en calzoncillos con la ropa en una bolsa de plástico.

No hay cosa más cómica, Gregorio, que ver a alguien bajo la lluvia luchando con un paraguas en un día de viento.

El invento se le vuelve al revés y se hace una piltrafa de varillas y tela que no hay por donde cogerlo, pero el sujeto sigue queriendo cubrirse con aquello y se tapa lo que puede mientras que en los pliegues de la tela se va acumulando el agua sucia que cae de árboles y paredes, hasta que finalmente le cae sobre la blazer beige que justo acababa de estrenar...

Dicen que si ves a un gallego parado en la escalera, nunca sabes si está subiendo o bajando. Algo parecido le ocurrió a mi amigo Secundino, que llegó a su casa de amanecida y cuando sigilosamente entraba con los zapatos en la mano, su mujer se despertó y le dijo: ¿Ya te vas, Nino...?

Al pobre no le quedó más remedio que volver a ponerse los zapatos y salir a trabajar, pero así son las cosas, amigo.

Un abrazo y hasta el martes que viene.

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