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Sapere aude

La insoportable brevedad del ser

La designación de Màxim Huerta como ministro de Cultura y Deporte fue considerada por muchos la frivolidad disonante del armonioso elenco ministerial de Pedro Sánchez. El tiempo, apenas una semana, les ha dado la razón. La concesión a la galería que supuso el nombramiento de Huerta era el llamativo contrapunto al mérito y la experiencia en la gestión que animó la mayoría de las designaciones ministeriales. Era previsible, por tanto, la predisposición al ruido mediático propiciada por el exministro; sus comentarios despectivos sobre el deporte y la práctica deportiva y su inexperiencia en lo que se ha dado en llamar la gestión cultural, no le avalaban como candidato apto para dirigir sus destinos, ni hacían presagiar un desempeño idóneo.

No obstante, un equipo eficaz, versado en esas lides, bien podría haber suplido las carencias y encauzado la labor ministerial. No ha dado tiempo. El ascenso vertiginoso a la cúspide ministerial y su caída estrepitosa en seis días -al séptimo, descansó-, es otro de los episodios excepcionales de esta semana convulsa, plena de ilustres dimisionarios y cesados, eso sí, con deportividad.

La reacción desde la Moncloa fue expeditiva, sin insuflar falsos ánimos en el moribundo, ni prolongar su agonía. Mantener al exministro habría sido letal para el recién estrenado gobierno que había enarbolado la bandera de la regeneración política y de la competencia en la gestión pública.

Pese a todo, llama la atención, en plena efervescencia de la protección de datos, la reiterada e interesada filtración de aquellos relativos a contribuyentes insignes. Tal vez, merecería una reflexión. La exhibición de la prueba del fraude fiscal se ha convertido en el eficaz martillo de herejes de nuestro tiempo. El exministro ha ardido en la pira mediática, preso de herejía tributaria.

Seguramente, el presidente Sánchez se siente también defraudado por Huerta, pero no hay compasión posible, ni debe haberla, máxime si se recuerda la tajante afirmación hecha algunos años atrás de que no toleraría la constitución de una sociedad instrumental para reducir a la mitad la tributación en alguien de su equipo. Esta ha sido la clave del fulminante cese, revestido de dimisión, del ministro del ramo. En todo caso, la asunción de dicha responsabilidad máxima, requiere un comportamiento ejemplar, especialmente en lo que se refiere a la estricta observancia de las obligaciones tributarias. La mácula defraudatoria es un pecado mortal imprescriptible que propicia la inexorable expulsión de las almas del cielo ministerial.

Tras un efímero desempeño, un lapso breve, como el arte que no llegó a gestionar, -el "ars brevis" al que aludía Ramón Llull-, el presidente del gobierno ha decidido reparar el desacierto y confiar en el nuevo ministro, José Guirao, exdirector del Museo Reina Sofía, persona reconocida en este ámbito. La apuesta por el arte, entendido en un sentido amplio, no debería ser breve, sino firme y constante.

Es conocida la teoría de que una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. Así, en pocos días, la cadena gubernamental se ha quebrado por su eslabón más débil y ha desencadenado la caída del ministro de Cultura y Deporte. El daño ya está hecho y la imagen de fragilidad del flamante gobierno ha calado en la opinión pública. No obstante, la inmediatez de la reparación y el consistente refuerzo de un ministerio que debería merecer, de una vez por todas, el respeto de nuestros dirigentes, tal vez contribuya a paliar el descrédito derivado de una crisis temprana.

"Errare humanum est, reparare divinum".

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