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tropezones

Breverías 50

Acabo de ver publicado un presunto diario de un conocido político, metiéndose con sus colegas, con jugosas revelaciones y no dejando títere con cabeza.

Ahora bien, al término del artículo se advierte al lector que el diario es ficticio, pura invención, lo que le deja a uno con una extraña sensación de coitus interruptus, mezcla de engaño, decepción y pérdida de tiempo. Situación que recuerda esas emocionantes peripecias que te cuenta el amiguete de turno para culminar el momento más dramático con el colofón: "¡Y entonces me desperté!". Aquí también hay engaño, pero por lo menos a un amigo se le puede perdonar, máxime sabiendo, como él sabe, que si desde un principio nos advierte que nos va a desmenuzar su último sueño, le cortaremos inmediatamente el rollo, pues pocas cosas pueden ser tan insoportables como relatos de sueños ajenos.

Me sigue importunando la manía de algunos periodistas de alargar las palabras, como si cobraran a destajo por letra escrita. Por ejemplo palabros como "rigurosidad", "pomposidad" o "peligrosidad" transformando el adjetivo correspondiente a un nombre en un nuevo sustantivo, presuntamente más sofisticado por su alongamiento. ¿Por qué no llanamente "rigor", "pompa" o "peligro"?

Como también me importunan esas palabras casi siamesas en su escritura, pero diametralmente opuestas en su significado. No me estoy refiriendo a vocablos como "estentóreo" y "ostentoso", transformados por algún presidente de club de fútbol en "ostentóreo". No. Me refiero por ejemplo a palabras como "colutorio", que al ir a comprarlo en la farmacia correspondiente se trastoca sin querer. "¿Buenos días, podría darme un locutorio?". O al contar una batalla de "alabarderos" fácilmente trastabillada en una batalla de "talabarderos". La RAE debiera contar con un departamento para modificación de este tipo de palabras, evitándonos así el apuro de malentendidos, por ejemplo a la hora de notificarle al personal nuestra intención de visitar un "confesionario", cuando nuestra intención es realmente la de acudir a un "concesionario".

Por no mencionar las dificultades ortográficas que dicho parecido entraña. Como cuando nos asalta la duda si "vaca" va con uve o con be, obligándonos a parafrasear el vocablo, convirtiendo así a nuestra escueta vaca en toda una "ternera adulta".

Tengo un amigo ateo irreductible, que no pierde ocasión de hacer alarde de tal condición.

Lo último, su aseveración que se deberían castigar como fake news todos los dogmas de las religiones.

Ante tal suerte de elucubraciones, y al permitirme indagar sobre qué tipo de creencia le propone consuelo, esperanza y refugio, va y me propone una cita del recientemente fallecido Stephen Hawking: "La cosmología es la religión de los ateos inteligentes"

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