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crónicas galantes

Una lección de ciudadanía

Un chaval interpeló el otro día a Emmanuel Macron con un confianzudo "¿Qué pasa, Manu?" a lo que el presidente de la República Francesa respondió con una lección de ciudadanía. Atento a las formas, el joven Jefe de Estado le dio a elegir a su interlocutor entre llamarle señor presidente de la República o señor a secas, como a cualquier otro ciudadano. El así reprendido corrigió de inmediato su actitud con un republicano "Sí, señor".

Esto puede parecer un arranque de soberbia por la parte de Macron, sobre todo en la España donde el tuteo está generalizado desde hace años. En realidad, la reacción del presidente fue todo un curso rápido de urbanidad y buenas maneras, que son la base de cualquier convivencia civilizada.

También es verdad que aquí los reyes, campechanos o no, suelen tratar a sus súbditos de tú en los mensajes de Navidad y otras ocasiones especiales, aunque se reserven para sí mismos el plural mayestático de los Papas. Se trata, sin duda, de una anomalía que resulta del todo incomprensible en la mayoría de las repúblicas, donde el Jefe del Estado trata a sus ciudadanos de usted y con el debido respeto, como es natural.

La Francia de la Liberté, la Egalité y los derechos del hombre y del ciudadano es todo un ejemplo a este respecto. Años atrás, el entonces presidente Nicolas Sarkozy propuso que los estudiantes y sus profesores se tratasen con la cortesía del usted; idea que en España fue recogida -probablemente sin éxito- por Enrique Múgica cuando ejercía de Defensor del Pueblo.

El socialista Múgica no hacía otra cosa que intentar la adaptación de este país a los hábitos de la mayoría de Europa, en la que el paso del usted al tú exige un cierto grado de confianza entre los interlocutores.

Lamentablemente, los malos modos campan por aquí hasta el extremo de que el propio Estado (español, por supuesto) tenga por costumbre dirigirse a sus súbditos con paternal y cachazuda familiaridad, como si los conociese de toda la vida.

No hay más que seguir las campañas de la Dirección General de Tráfico, en las que se nos recuerda que "no podemos conducir por ti" o "a tu lado vamos todos". Lo normal sería contestarles con un "Lo que tú digas, macho", que acaso el ministro del ramo se tomaría como una impertinencia.

Curiosamente España fue, hasta la caída de la II República, un país tan atento a las formas como cualquier otro de los de su alrededor (salvo, si acaso, Portugal, donde los buenos modales se extreman hasta lo ceremonioso). Tanto es así que algunos historiadores atribuyen la generalización del tuteo en España a la influencia de la Falange, que a su vez se inspiró en el espíritu de informal camaradería promovido en Italia por el Fascio de Benito Mussolini.

Lejos de ser un rasgo retrógrado, las buenas maneras -incluyendo el trato de usted a los desconocidos- son un ejercicio de progresismo en lo que tienen de consideración al prójimo. Un país bien educado y, por tanto, respetuoso de otras opiniones y culturas, ha de ser lógicamente menos propenso al racismo, a la xenofobia y a otras formas de barbarie que tienen su base en la chabacanería.

No debería extrañar que sea un presidente de la Francia republicana el que haya dado lección improvisada y urgente de urbanidad. Allí hace ya un par de siglos que distinguen entre ciudadanos y súbditos.

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