Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

reflexión

Por sus garras le reconoceréis

Cuenta la leyenda que, en enero de 1697, llegó a manos del matemático Bernoulli una carta en la que se resolvían dos difíciles problemas que había propuesto un año antes a un selecto grupo de colegas. Al pie, no constaba firma alguna, ni siquiera el papel mostraba signo aparente que invitara a concederle un remitente conocido. Sin embargo, tras comprobar la elegante resolución, enseguida exclamó la expresión que, más tarde, se hizo famosa haciendo alusión al talento oculto en aquellas misteriosas ecuaciones. Al suizo no le hizo falta la rúbrica para descubrir al padre de la gravitación universal, el singular Isaac Newton, como responsable de las líneas y, finalmente, como feliz ganador del desafío. Esta página de la historia de la ciencia ha servido para explicar mil y una anécdotas incluso más allá de los estrechos límites de la realidad científica. Y, por seguir con la tradición, volveremos sobre el particular, pero, en este caso, con dos garras muy afiladas, la una del deporte y la otra, de la política. En los últimos días, ambas han defendido la idea de una convocatoria de elecciones a fin de salir del impasse marcado por el gobierno de los tristes, apenas legitimado por las urnas y dado el escaso número de escaños que lo sustenta. Y ambas, también, han sido duramente criticadas y, a veces, por los de su propia cuerda.

Y, hablando de cordajes, qué no habrá tenido que soportar Rafael Nadal por emplear la cabeza y no sólo las manos, exponer su criterio en público y mostrar una clara línea de pensamiento. Los coprófagos, ahítos de poder y socavados por el mal de la envidia, le han afeado el que se haya decantado por unos comicios en España y le han propinado un golpe bajo. Uno de los rufianes, parapetado tras las redes sociales, le ha recomendado que se dedique a otra cosa, tachándolo de "pasabolas". Y me he acordado del maestro Muguerza, el de hace unos años, todavía tocado por la magia intelectual, que insistía en que se debía escribir un tratado sobre la perplejidad, el mismo que, para deleite de todos, por fin, editó con un sano reclamo, Desde la perplejidad (1990). Me sumo a ese estado de suspensión juiciosa del veterano catedrático de Ética porque calificar a uno de los mejores deportistas que ha alumbrado la nación como "soporífero" no merece ni una línea más. Nadal, por su parte, ha mostrado las garras, pero donde ha hecho nuevamente historia es alzándose con su undécimo título Roland Garros. Ahí es nada.

El otro caballero que agosta a las huestes populares es, precisamente, uno de los que las abanderó. Y su pecado, el de señalar la falta de liderazgo en el frente de las libertades y acariciar la idea de volver a la arena política, ofreciéndose -eso ha dicho-, para cohesionar a las fuerzas del centroderecha. Lo curioso, hasta llegar a rozar la paradoja, es que Aznar, cuando habla, recuerda al general De Gaulle y su llamada a la resistencia de junio de 1940: "Créanme a mí, que les hablo con conocimiento de causa, y les digo que nada está perdido en Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden darnos un día la victoria". Cambien Francia por España y la arenga mantendrá idéntico poder de convicción. En realidad, lo que resalta del discurso de Aznar, al igual que el del galo, es su prosopopeya, la personificación de lo político en el hombre y su figura. Al contrario que Newton, éste sí que firma sus cartas, pese a no resolver nada con ellas.

Deporte y política, un campeón universal y una vieja gloria de la era del pelotazo, y qué distintas maneras de mostrar su particular garra. Me quedo con la del mallorquín, centrado en lo suyo, más que en la de Aznar, que debería practicar con mayor esfuerzo aún el silencio responsable.

Compartir el artículo

stats