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OBSERVATORIO

Naturaleza profana: dos sátiros firmados por Néstor en París

Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los dioses le habían dicho: "Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón, persigue ninfas y suena tu flauta. El sátiro se divertía? Era sátiro caprichoso?". Esta imagen literaria escrita por Rubén Darío en El Sátiro Sordo como parte del libro de cuentos y poemas que lleva por título Azul? - y que pertenece a la segunda edición, publicada en Guatemala en 1890-, bien puede aplicarse a las dos piezas que Néstor dibujara en París cuarenta años después. Lo que demuestra que la pervivencia del mito vuelve a resurgir desde el segundo cuarto del siglo XIX a las primeras décadas del XX. Tal es así que, en junio de 1931, volvemos a encontrarnos con otro relato, The Satyr, debida al escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), -impresa en la revista pulp La Paree Stories-, en la que éste ser mitológico cobra tintes macabros dentro de una ambientación medievalista. No cabe duda de que la inspiración de Ashton Clark se sustenta en sendas historias del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), que no son otras que El Gran Dios Pan ( The Great God Pan) y El Pueblo Blanco ( The White People); consideradas obras maestras de la literatura de terror en lengua inglesa, a la altura de Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft.

En todo caso, los sátiros son personajes que participan de una mirada pícara e introspectiva, con la que parecen observar al espectador en espera de contar historias heredadas de fábulas ancestrales. Asociados a Silvano, Fauno, Pan y Dionisio/Baco, a la manera de genios masculinos de naturaleza profana, -como atestigua J.C. Cooper en su Diccionario de Símbolos-, representan el carácter indómito, libertino y lujurioso por antonomasia. Híbridos entre lo humano y el instinto animal, -ejemplificado por el macho cabrío-, estos seres fantásticos han conformado un corpus iconográfico nada desdeñable en la historia del arte, pudiéndose rastrear desde las cerámicas áticas (s. VI a. c.) a la escultura, del que es un buen ejemplo el Della Valle en los Museos Capitolinos, proveniente del Teatro de Pompeyo; pasando por relieves, estípites, murales y mosaicos diseñados para decorar jardines, villas y palacios. Sin embargo, será la pintura o el grabado adscritos al renacimiento, el manierismo o al barroco los que más se han enriquecido con esta suerte de repertorio de ménades, ninfas, faunos y sátiros, a los que se les suele confundir por participar de atributos y características apenas perceptibles por el ojo poco adiestrado. Ya sean unos u otros, se articulan en imaginarias composiciones de indudable calidad plástica, donde el desnudo se busca como excusa de expresión ideal. Grandes maestros representaron este asunto como motivo recurrente, y aunque el listado se nos antoja prolijo, destacamos los lienzos de Anton van Dyck, Jacob Jordaens, Nicolas Poussin, Luca Giordano y, sobremanera, Dos sátiros, firmado por Rubens entre 1618-1619, en el que la soberbia efigie del personaje del primer plano capta toda nuestra atención, al imprimir en el retratado el desasosiego propio de un estudio psicológico que oscila entre la maldad o la picardía. Este correlato esteticista vuelve a resurgir con el academicismo decimonónico de tintes pompier, a la manera de William-Adolphe Bouguereau o Alexandre Cabanel. Empero, la deuda de Néstor se encuentra en consonancia a los estilemas impuestos por el movimiento simbolista, al apoyarse en un sustrato literario "?enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva?" ( Manifiesto simbolista. Jean Moréas, 1886). Por lo que nuestro autor recurre a toda una colección de registros masónicos, esotéricos, mistéricos u ocultistas, en los que la cábala judía, la numerología y la teosofía juegan un papel trascendental. En ese ámbito encontraremos también a otros artistas de ese período, como Carlos Schwabe, que con Le Faune (1923), relata un complejo ideario emblemático que parece sustentarse en la minuciosidad de un Durero o Botticelli. Otro tanto ocurre con Franz von Stuck, aunque su obra derive hacia derroteros más decorativos, propios del Art Nouveau; sin olvidarnos del Beardsley más decadentista.

A pesar de ello, el encandilamiento que produce la personificación del sátiro parece no tener fin. Pues durante la década de los veinte treinta del siglo pasado, imbuidos por el estilo Art Déco resurgen, aunque esta vez como simple remedo ornamental, de la mano de grandes ilustradores, pintores, decoradores o diseñadores como Erté o el italiano Luigi de Servi. Lo que sí parece cierto es que la descripción mitológica ha pasado a un segundo plano, a favor de ensoñaciones de clara tendencia homoerótica, ya sea en las fotografías de jóvenes mancebos captadas en Taormina por la cámara del barón alemán Wilhelm von Gloeden, o los hiperrealistas dibujos de la serie de 2005, del también alemán de ascendencia turca, Taner Ceylan.

En relación a la noticia de la salida de dos Sátiros en el Valle de las Hespérides a subasta por la Sala Alcalá de Madrid (13-6-2018), la responsable de Pintura Cambio de Siglo, doña Yolanda Muñoz Franco, nos confirma que con los lotes 584 y 585 se referencian sendos pasteles firmados Néstor, fechados en 1930 y localizados en París; oscilando sus medidas entre los 77 x 55,5 y 76 x 56 cm, respectivamente. En ambos se aprecia la marca de un tampón en el ángulo superior derecho, que hace referencia a una de las más prestigiosas casas de papel artesanal, establecida por James Whatman en el siglo XVIII. Inmediatamente le comenté los datos que he ido recopilando sobre este particular de forma detectivesca en estos años como director del Museo Néstor. Si nos atenemos a las investigaciones efectuadas por don Pedro Almeida Cabrera, recogidas en Néstor (1887-1938): un canario cosmopolita, sabemos que el pintor estrena el 28 de abril de 1930 una exposición en el "L'Hotel de Jean Charpentier", situada en una de las zonas más lujosas de la capital francesa, el Faubourg Saint-Honoré, en la que se ofrece un vernissage inaugurado por el Ministro Consejero de la Embajada de España, Sr. Caro; al que asisten el embajador de Brasil, señor Souza Santos; la duquesa de Brisac, la marquesa de París, la señora Dupont Bernardet, los condes de Molina, el marqués de Casa Valdés, la condesa Baroli, el pintor Federico Beltrán Masses y señora, la también pintora Irene Narezo Dragoné; el escritor Francis de Miomandre, Jean d'Ivray, Luis Doreste Silva, por aquellas fechas agregado de la embajada española; además del Jefe de Protocolo del Elíseo y el Director de Bellas Artes. Una jornada después, el 29 de abril, se dispone al público en general, pudiéndose visitar hasta el 13 de mayo. El mismo autor nos indica que la muestra estaba compuesta por ciento treinta y una obras divididas en tres secciones, la primera vino a denominarse Poema del Atlántico; el segundo grupo, Decorados y vestidos para Los Ballets Españoles; aunque el que verdaderamente nos interesa es el tercero, titulado Estudios para el Poema de la Tierra, que ofrecía otras tres segmentaciones: Sátiros, Hombres y Pájaros. Lo que no nos deja duda a pensar que los sátiros referenciados fueron hechos para esta exposición de forma expresa, ya que coinciden en fecha y localización, París 1930. Empero, ¿quién pudo adquirirlos y cuántos pasaron a una misma colección? En ese mismo instante me percaté de un dato que se me había escapado. Hace unos años, con motivo de la redacción del Diccionario Biográfico de la Real Academia Española, se me comisionó redactar algunas reseñas, de las cuales una estaba destinada a Néstor y otra a mi elección, con lo que convine dedicarla a otro admirado pintor, Alejandro Reino Sarmiento. Artista de indudable calidad, poseía una dilatada trayectoria vivencial en los ambientes de la alta sociedad internacional establecida en París, Nueva York y Marruecos. En las numerosas reuniones que tuvimos me confesó haber visto en el apartamento parisino del rey del estaño, Antenor Patiño, sátiros firmados por Néstor. En primera instancia así lo creí, pero ante la duda ahondé en los lazos familiares, llevándome irremisiblemente a una de las personalidades más destacadas de aquel período, la suegra de Patiño, la duquesa de Dúrcal.

Doña María Leticia de Bosch-Labrús y Blat, hermana del vizconde de Bosch-Labrús, dama de la reina Victoria Eugenia, de acaudalada familia de comerciantes catalanes, contrajo matrimonio con don Fernando Sebastián de Borbón y Madán (1891-1944), II duque de Dúrcal, primo lejano de Alfonso XIII. De aquella unión nacieron dos hijas; la primogénita, doña María Cristina de Borbón y Bosch-Labrús (1913-2002), III duquesa de Dúrcal, casó en 1931 con el mencionado multimillonario boliviano, Antenor Patiño Rodríguez, del que se divorciaría en 1959. La segundogénita, doña Leticia Fernanda de Borbón y Bosch-Labrús (1915-2008), desposó con Paolo Venturi Lisci, marchese di Riparbella y, en segundas nupcias, con Stefano Franceschi, de cuyos descendientes proceden por herencia los sátiros subastados en Madrid, hasta el momento conservados en su residencia de Florencia.

La referida María Leticia de Bosch-Labrús (Barcelona, 1890-Madrid, 1981) debió de adquirir más de dos sátiros, pues entre los aquí mencionados y los de la colección Patiño de Borbón, al menos, contabilizamos cuatro piezas. Sin duda alguna, fue la duquesa una mujer a todas luces singular e inquieta, ya que cansada de sufrir constantes infidelidades consigue la nulidad eclesiástica en 1928. Retratada por Manuel Benedito en 1910 y Anglada Camarasa en 1922, participó activamente en la vida intelectual del denominado período de la Edad de Plata de la cultura española. El historiador Carlos Seco Serrano nos dice que fue una de "?las mujeres más influyentes de la política de los años 20", junto a María de la Piedad de Iturbe y Scholtz, princesa de Hohenhole y Langenburg, y la condesa de Casa Valencia, durante el intervalo de la dictadura de Primo de Rivera.

Los datos aportados acercan cada vez más a todos estos personajes con Néstor Martín-Fernández de la Torre, tanto en cuanto la duquesa de Dúrcal fue nombrada presidenta de la Sociedad de Cursos y Conferencias en 1926. Entidad que mantuvo una estrecha colaboración con la Residencia de Estudiantes. Institución a la que Néstor se vio ligado gracias al que fuera su compañero inseparable, el músico Gustavo Durán Martínez.

La historia nos ofrece quiebros y desventuras, porque, verbigracia, el marido de doña Leticia tuvo como amante a Pastora Imperio, a la que conoció en el estreno del Amor Brujo de Falla, en el Teatro Lara de Madrid en 1915. ¿Quién vistió a la bailaora y diseñó la magnífica escenografía? Nuestro querido Néstor. Don Fernando de Borbón reconoció a la hija de ambos, Rosarito, nacida en 1920, pero este devaneo le hizo perder el favor de los suyos. En un último atisbo de amor, Pastora satisfacía las deudas y el médico que le atendía en una triste habitación del Hotel Bristol, en la que falleció arruinado y solo un 28 de marzo de 1944. El lector avispado se habrá percatado de que don Fernando ostentaba el apellido Madán, puesto que era hijo de doña María de la Caridad Madán y Uriondo (Guantánamo, Cuba, 1867-Berlín, 1912), hija, a la sazón, del coronel Juan Antonio de Madán y Uriondo, hermano del I marqués de Arucas, Ramón Madán y Uriondo (Santa Cruz de Tenerife, 1852-Arucas, 1931).

En suma, reconocemos que lo más destacado de estas obras radica en la especial iconografía nestoriana, al huir de los atributos propios de esos seres mitológicos, a los que no encontraremos coronados de hiedra, ni de los tirsos propios del cortejo dionisíaco, al carecer de cestas de frutas, jarras o copas de vino, ni de cornucopias, serpientes, pieles de pantera o carnosos racimos de uvas que puedan distraer nuestra atención. La cual parece centrarse en los profundos ojos almendrados, los carnosos labios típicos de la producción del artista y en los sobresalientes cuernos de carnero, en alusión al poder sobrenatural, la divinidad, la manifestación del espíritu, la fuerza y la virilidad. Emblemas que proceden desde la más remota antigüedad, pudiéndose rastrear en el mundo egipcio en forma del dios Amón. En todo caso, Néstor recurre a un metalenguaje oculto, de difícil interpretación, basado en preceptos derivados de las enseñanzas masónicas. Como así parece registrarse en la pose del retratado en el lote 585, que es copia de uno anterior fechado por Pedro Almeida hacia 1922-23, de colección particular canaria. En él coloca la mano formando una clara escuadra, símbolo de sinceridad, lealtad y rectitud. Así mismo, tres dedos se encuentran unidos formando un pronunciado ángulo con el cuarto, en alusión a la Cábala, al representar el entendimiento, y en el hermetismo el poder supremo. Es la mano derecha la que ejemplifica el poder, promesa del principio de la vida. Bien lo dijo el historiador judío fariseo Flavio Josefo: "Nadie te engañará cuando te dé su mano derecha, ni nadie dudará de su fidelidad".

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