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tribuna

De erizos, zorros y demás especies

Hace ahora 65 años, el filósofo político inglés de origen letón Isaiah Berlin publicó su famoso ensayo El erizo y la zorra. Tólstoi y su visión de la Historia. En dicha obra, el, por entonces, miembro del prestigioso All Souls College y profesor de Teoría Social y Política en la Universidad de Oxford, utiliza estos dos animales para diferenciar y clasificar a los seres humanos en dos categorías: los que poseen una concepción central y sistematizada de la vida, con un principio y un objetivo final único y ordenador de su existencia y aquellos otros que perciben el mundo como una diversidad compleja. Los primeros serían los erizos, los segundos pertenecen a la categoría de la zorra. Llegados a este punto, la tentación de clasificar a nuestro políticos y políticas en una de estas dos categorías es, pues, irresistible. Y, así, por encima de algunas dudas y vacilaciones, lo cierto es que el prototipo de "erizo" entre nuestros políticos lo encarna el expresidente José María Aznar. Y ello, porque, creyéndose imbuido de la misión histórica y providencial de "sacar a España del rincón de la Historia", en la cosmovisión y en el ideario político de la persona que rigió los destinos de este país entre los años 1996 y 2004, no cabe duda o incertidumbre alguna; hasta el punto de estar dispuesto, incluso, a regresar a la palestra política, a fin de salvar lo que él considera su legítimo legado ideológico y político. Desde luego, así debe de interpretarse el hecho de que, casi tres lustros después de dejar el poder, el inefable Aznar se haya postulado para volver a refundar el centro derecha español.

Ignoro si el expresidente Aznar ha leído al filósofo alemán Fiedrich Nietzsche, pero, sin duda, él es el más "nietzscheano" de todos los políticos que conozco. La postura de Aznar de situarse más allá del bien y del mal, colocándose por encima de la corrupción y de los propios partidos políticos (incluido aquel que él refundó), antes que mesiánica, es más propia de la idea del "Superhombre", que el filósofo de Turingia defendió en su discutible obra Así habló Zaratustra. Así, desde el pedestal de una supuesta superioridad intelectual, Aznar desprecia a su sucesor, no asume responsabilidad alguna por la degeneración ética de muchos de sus colaboradores durante la época dorada de su gobierno, hace caso omiso a los prejuicios de la gente, y desdeña la exigencia ética y los reproches morales por considerarlos propios de los débiles de espíritu y de los progresistas. En este sentido, su crítica inmisericorde al "victimismo" de su sucesor, nos recuerda a la fábula nietzscheana del águila y el cordero. El autoafirmado, águila, "dominado por las fuerzas activas", sobrevuela feliz y despreocupado por encima del cordero, al que menosprecia por su mansedumbre, su pusilanimidad a la hora de enfrentarse a los depredadores que le acechan y su vocación conciliadora; pues, como muy bien sabe el águila, el espíritu de consenso y la contemporización con los rivales, defendidos por el político-cordero, sólo nos conducen a la moral de "rebaño", de "esclavo" o, en palabras del propio Aznar, a la "irreversible pérdida de liderazgo".

Por ello, más allá de la posición ideológica de cada uno y de las previsibles turbulencias que se avecinan como consecuencia de la inevitable lucha por el liderazgo del centro derecha patrio, no debemos de olvidar que, como señala Vargas Llosa en su imprescindible prólogo de la versión española del libro de Berlin, "disfrazado o explícito, en todo erizo hay un fanático".

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