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a la intemperie

Bostezos

Junto a mí, en el avión, viaja un perro diminuto dentro de una cestita. Hacia la mitad del viaje se pone a ladrar y su dueña lo saca para que se tranquilice. No conozco la raza, pero tiene los ojos saltones y muy poco pelo, como si estuviera desnudo. El hocico, pequeño, recuerda al de los zorros. Lo miro y me mira. Se trata de un intercambio repleto de significado. El animal sabe que nos encontramos en una situación extraordinaria, aunque ignora que volamos a diez mil metros de altura, desafiando, entre otras, las leyes de la gravedad. Quizá es el único ocupante sensato de la aeronave, ya que intuye, con razón, que corremos un riesgo muy grave. De hecho, la temperatura, afuera, es de 40 grados bajo cero. El resto del pasaje dormita, bosteza o lee, como si no ocurriera nada fuera de lo normal. Sentado sobre el regazo de su dueña, el can mueve la cabeza nerviosamente hacia uno y otro lado, como preguntándonos por qué no hacemos algo.

La azafata se acerca y le lanza cuatro o cinco piropos condescendientes, como si se dirigiera a un bebé. Luego se retira y vuelve con un recipiente de plástico lleno de agua del que el perro bebe como un gorrión. Pero el agua no lo tranquiliza. Me mira y le devuelvo la mirada. Su dueña me dice que le he caído bien. Alargo, pues, mi mano para acariciarle y me muerde. Nada grave: apenas me ha dejado la marca de los dientes. Más que un mordisco, ha sido una demanda de socorro: por algún extraño mecanismo telepático ha comprendido que también yo advierto lo absurdo y lo peligroso de nuestra situación. Volar es un disparate. La señora le riñe, pero yo intercedo por él.

-Está nervioso -digo.

-Es muy cobarde -añade ella-, a veces muerde por cobardía.

Pienso para mis adentros que también yo, cuando muerdo, suelo hacerlo por miedo. Advierto entonces que el perro es paradójicamente el más humano de los ocupantes del avión. Los demás fuimos hombres y mujeres en alguna época remota, pero perdimos la hu-manidad en el camino que nos condujo hasta este instante: el instante de elevarnos diez mil metros sobre la tierra y bostezar al asomarnos a la ventanilla del aparato.

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