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El mundial de los espías

Quizás porque este Mundial de Fútbol está organizado por la Rusia de Vladimir Putin, las sorpresas se dan cada poco, los aparentes favoritos son derrotado por equipos con los que no se contaba, hay sorpresas morrocotudas en el último minuto de la representación y apostar por un resultado seguro es una pérdida de tiempo. Y ya ni siquiera cabe el recurso de echarle la culpa del desaguisado al árbitro, hasta ahora el sospechoso principal, porque hay un detective infalible llamado VAR que detecta todas las tramas criminales y el juego subterráneo que antes pasaba desapercibido.

En fin, que los espectadores del drama vivimos hasta el momento anterior al final de cada partido con la misma emoción y la misma intriga que los lectores de novela negra la página (que suele ser la última) donde se identifica al verdadero criminal para alivio de la sucesión de sospechosos con que intentaron despistarnos.

Antes de que el balón empezase a rodar, este Mundial de Fútbol era considerado por los medios occidentales como una oportunidad de la Rusia que preside Putin para mostrar la cara más amable de ese inmenso país y de su capacidad de organización en la carrera que le llevará a recuperar el papel de gran potencia que perdió momentáneamente con el hundimiento de la Unión Soviética. Pero también una oportunidad para desmentir la intensa campaña de desprestigio sobre el comportamiento de un régimen que no se considera homologable con el de las democracias occidentales. A la Rusia de Putin, y a sus servicios secretos, se le atribuyó una supuesta participación en el envenenamiento de un antiguo espía en Gran Bretaña mediante sofisticados procedimientos; una intromisión todavía no aclarada en las elecciones de Estados Unidos para favorecer la candidatura de Donald Trump; e incluso un supuesto apoyo a los partidarios de la independencia de Cataluña. Unas imputaciones, un tanto gaseosas, a las que no es ajeno el pasado como espía del KGB del actual presidente ruso. En cualquier caso, el Mundial es una ventana abierta al interior de un país que es a la vez una potencia europea y una potencia asiática, las ciudades son hermosas, se come bien y barato según testimonian los enviados especiales, y de momento no hubo incidentes desagradables ni intervención de manos negras para adulterar la competición.

Lo importante ahora es que España se ha clasificado para octavos de final tras una fase donde no se jugó demasiado bien y hubo que esperar al minuto postrero para ganar el primer puesto del grupo gracias a un gol de tacón del astuto gallego Iago Aspas.

Eso significa que el próximo domingo nos enfrentaremos a Rusia en Moscú y con Putin en el palco, que, tal como nos lo presentan algunos tertulianos, algo paletos dicho sea sin ánimo de molestar, parece que tiene poderes demoniacos. Entre otras razones porque está demostrado que un sátrapa en el palco no puede enmendar telepáticamente lo que ocurre en el campo de juego. Cuando la selección española de fútbol ganó su primer título europeo derrotando a la Unión Soviética, Franco es-taba en el palco del Bernabéu pero fue otro gallego, Marcelino, el que batió en un espectacular remate de cabeza a Yashin (la araña negra), el portero considerado entonces el mejor del mundo.

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