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reflexión

Tres eran tres

Cristina Almeida ha hablado. En sus tiempos, fue un referente de la izquierda y, asimismo, de la lucha feminista. Ahora, no se sabe en qué ha quedado su pensamiento, ni siquiera se está en la certeza de que haya inteligencia en el discurso que elabora. Con ella me pasa algo extraño, muy literario en el fondo. En la primera ocasión que la vi, se me vino a la cabeza uno de los personajes más conseguidos de William Golding, el Piggy de El Señor de las Moscas. De apariencia enfermiza, representa, por el contrario, el poder de la estrategia. El atributo que simboliza esta fortaleza son los lentes que porta, que, a su vez, son empleados como espejos para improvisar el fuego salvador. Esta doble naturaleza, la de la luz y la razón, es la que se echa en falta en las palabras de la señora Almeida. Quizás haya sido porque ha perdido las gafas que, durante tantos años, ha exhibido como elemento singular de su personalidad pública, al igual que el pobre Piggy, al que le arrebatan por la fuerza los anteojos. Ya dije, en un principio, que era una imagen metafórica.

Lo que no supone ninguna metáfora son las tres afirmaciones que ha establecido como pilares de un discurso que, a ratos, produce hilaridad y, en otros, delata la falta de humildad y convicción de una izquierda ensimismada hasta el extremo del ridículo. Tres afirmaciones que definen al personaje, pero también al grupo del que se siente miembro, en una sinécdoque que me sirve para explicar el declive del pensamiento progresista, aunque uno prefiere hablar de "derrota" por las reminiscencias que atesora el término. La primera: "Yo soy de izquierdas pero con perdón"; sin embargo, andar de perdonavidas no es, precisamente, la virtud que se espera encontrar en un intelectual, ya que, en vez de invitar a la complicidad, anima al desapego. Pocos de los que hoy se consideran pensadores de culto de la izquierda están libres de semejante pecado, manifestando, por oposición, un elitismo tan irresponsable como fuera de la realidad. La segunda: "En la izquierda cada uno se considera más a la izquierda que el otro", y vuelve la burra al trigo, que, en este caso, es la confusión. Ser de izquierdas es eso, mostrar un grado de confusión mental e ideológica que enerva al ciudadano normal e impacienta a un electorado que ya no sabe qué esperar del voto que concede a determinadas formaciones. Y la tercera: "La derecha tiene poca ideología y unos intereses muy concretos". Decía Cicerón, padre de la retórica, que jamás había que subestimar al contrario, y el que lo hacía, se perjudicaba dos veces: una por ignorancia y otra por soberbia. Almeida incurre, abiertamente, en los dos errores. Creerse mejor que el adversario, sin otro argumento que el engolamiento personal, es propio de perdedores, de individuos ajenos a la realidad de las cosas. Y a fe que Almeida lo está, puesto que defender que el gobierno de los tristes deba parecerse al de Zapatero, el peor de la España democrática, no tiene perdón, por mucho que lo pida la señora.

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