Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

MIRADAS

La revolución mexicana

Ya con la tercera parte de los votos escrutados, la llegada de López Obrador a la presidencia de Méjico parecía tan segura que incluso sus contrincantes en la carrera electoral la daban por hecha. López Obrador va a tener en sus manos el gobierno de un país clave tanto en términos geoestratégicos como económicos con un respaldo impensable en la política actual de cualquier democracia: más del 50% de los votantes han optado por él. Para conseguirlo, ha tenido que poner patas arriba toda la estructura histórica de los partidos políticos mejicanos. Ante la evidencia de que, como líder de la izquierda tradicional, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), le iba a ser imposible alcanzar la presidencia, López Obrador fundó un grupo nuevo, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), por cuyo futuro se daba muy poco. Una vez terminado el larguísimo ciclo en el que el Partido Revolucionario Institucional (PRI, ¡vaya oxímoron!) monopolizó durante nada menos que seis décadas el poder, la presidencia mejicana había sido cuestión de alternancia entre el PRI y el Partido Acción Nacional (PAN), de orígenes que proceden de los movimientos de extrema derecha, los santeros, una vez que el PAN supo desprenderse (más o menos) de ese lastre confesional. La izquierda del PRD había asistido como convidada de piedra al vaivén PRI-PAN. Pero ahora la alternativa que, con gran olfato político, ha sabido montar López Obrador pone de manifiesto que habría ganado aunque los tres protagonistas de los tiempos que terminaron este domingo, PRI, PAN y PRD, se hubiesen coaligado contra él. Incluso puede que hubiese aumentado su ventaja porque lo que ha quedado clarísimo es que los mejicanos optaban por un borrón y cuenta nueva.

Sin embargo, no queda aún claro cuál va a ser el alcance de la nueva revolución mejicana. O, dicho de otro modo, qué López Obrador va a sentarse en su despacho del Palacio Nacional. En ocasiones anteriores, cuando se sintió desplazado de la presidencia tras haber ganado, según él, las elecciones, López Obrador llegó a ocupar con sus simpatizantes la plaza central de Ciudad de México, el Zócalo, a lo largo de meses como si se tratase de un agitador antisistema. De hecho, MORENA fue el resultado de esa pataleta que el PRD no veía del todo con buenos ojos. Pero los especialistas que analizan la política mejicana sostienen que el López Obrador presidente va a ser muy distinto del López Obrador candidato frustrado. El peso institucional del gobierno le moderará, dicen. Tardaremos cinco meses, el tiempo que lleva la transmisión de poderes, en comprobarlo. Pero el tufo populista de López Obrador asusta cuando se tiene en cuenta que va a toparse con la peste populista de Donald Trump. ¿Se avecina un choque de trenes? También habrá que esperar para saberlo aunque, quien sabe, igual resulta que los populismos se entienden bien entre sí. Al fin y al cabo, Putin y Trump no parecen llevarse nada mal.

Compartir el artículo

stats