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Un régimen de terror

En el lenguaje coloquial suele decirse que "las apariencias engañan" cuando aludimos a una persona o a unos hechos que a primera vista semejan ser una cosa pero en realidad son otra muy distinta. Y eso justamente es lo que ocurre, de creer la versión de algunos medios, con Soraya Sáenz de Santamaría, hasta hace unos días todopoderosa vicepresidenta del Gobierno del PP y ahora candidata a suceder a don Mariano Rajoy al frente de la formación conservadora. Para una mayoría de observadores, la señora Sáenz de Santamaría era una joven abogada del Estado de Valladolid que había sido rescatada para la política por Rajoy para acompañarlo en las complejas tareas de gobernación como persona de su máxima confianza. Su aspecto físico, es pequeñita y pizpireta, y el hecho de no pertenecer a ninguno de los clanes cavernarios del partido la hicieron una figura simpática a los ojos de una opinión publica hastiada de tipos broncos y de comportamientos tabernarios. (Recuérdense, si no, los modos y maneras de Jacinto Ramallo, Carlos Floriano, Martínez Pujalte o Andrés Hernando).

No obstante, en ese terreno hostil la aparentemente frágil Soraya se manejó muy bien y muy discretamente, y se hizo enseguida con los resortes del poder, incluyendo, por supuesto entre ellos, la siempre delicada lidia con los medios de comunicación. Y fue en ese ámbito donde recibió las más destempladas embestidas. Desde hace unos años, y por razones que ignoro, algunos locutores de radio han lanzado sobre ella y sobre el señor Rajoy las acusaciones más graves que se puedan hacer sobre un político. Entre otras, la de ser los supuestos jefes de una supuesta conspiración para supuestamente acabar con España y por descontado también con el PP. Unas conductas viles que han merecido insultantes palabros a falta de atreverse a concretarlos en términos muy posiblemente querellables. Al señor Rajoy le llamaban en esas emisoras "maricomplejines" y a la señora Sáenz de Santamaría "asesina". La falta de gusto, por no decir otra cosa, es evidente. Transcurrida la moción de censura y con el señor Rajoy reintegrado a sus tareas de registrador de la propiedad en Santa Pola, el objetivo de los excitados locutores se ha centrado en la señora Sáenz de Santamaría, que ha tenido el atrevimiento de postularse como sucesora de su, hasta hace unos días, jefe político. Y con notable éxito de momento, porque en la primera vuelta de las elecciones ha superado en votos a Pablo Casado, el sedicente favorito de Aznar (ese señor altanero que no paga la cuota del partido que pretende manejar desde la sombra) y de la señora Dolores de Cospedal, secretaria general del PP a la que se suponía un completo dominio del aparato. La ventaja en la carrera electoral de la "muchachita de Valladolid" (una comedia de éxito de Joaquín Calvo Sotelo en la etapa franquista) ha enrabietado a sus detractores y a falta de mejor munición que arrojarle han puesto en circulación la especie de que durante los años que ocupó la vicepresidencia del Gobierno organizó un auténtico "régimen de terror" durante el cual el que cometía la imprudencia de oponérsele, o discrepar, era inmediatamente liquidado (políticamente, por supuesto). La comparación con el periodo de terror de la Revolución francesa parece un tanto exagerada.

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