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Cartas a Gregorio

Manuel Ojeda

Periodista

Vaqueros y barbies

Querido amigo, de pequeños, nuestros personajes favoritos eran los duros vaqueros del Oeste con sus caballos y los indios salvajes. Nuestro héroe era Billy el Niño y otros pistoleros. A las niñas, por su parte, les gustaba jugar con muñecas, bonitas, dulces y delicadas.

Me pregunto, Gregorio, en qué momento cambiaron nuestros gustos, y cómo es que las niñas de entonces se sienten después atraídas por hombres duros y fuertes mientras nosotros perdemos el culo por una barbie dulce y delicada...

Pero el mundo sigue girando, y ahora parece que ellas vuelven a preferir a las bonitas y delicadas barbies, mientras que los tiernos muchachitos suspiran por guerreros fuertes y barbudos.

Eso es, al menos, lo que hemos visto estos días en la fiesta de celebración del cuarenta aniversario del orgullo gay de Madrid. Pero, ¿son tantos como parece...? Y, particularmente los hombres, ¿son muchos los que no son machos o son machos los que no son muchos?

Juan Antonio es un amigo que después de jubilarse pasa largas temporadas con su mujer en un apartamento que tienen en el sur de la Isla, a los que en verano se suman su hija y su nieta.

El año pasado por estas fechas, cuando paseaba por la avenida de Tirajana con su mujer, se encontraron con dos chicas besándose libidinosamente en una esquina de la calle.

Juan Antonio siguió andando con su mujer, pero luego volvió sobre sus pasos y a la altura donde seguían morreándose las chicas se puso a mear a picha descubierta...

Las dos mujeres, seguramente inglesas o alemanas, se quedaron escandalizadas y no pararon de insultarle a voz en grito tratándole de "salvaje indígena de estas tierras primitivas sin educación ni respeto por las demás personas..."

Si hoy ves a un hombre y a una mujer comiéndose los morros en plena calle, llamas a un guardia para que los detenga por escándalo público. Pero si los que se morrean son dos mujeres o dos hombres, nadie se atreve a decir una palabra por temor a que te tilden de homófobo o de intolerante.

No es una cuestión de libertad, sino de educación, y si defecar es natural, tampoco puedes ponerte a cagar en plena calle.

Las reivindicaciones gais son más un asunto político que una demanda de libertad y, por más que algunos se empeñen, en España, donde está legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, el porcentaje de matrimonios de homosexuales no llega al dos por ciento.

No sé lo que pensarán las mujeres cuando ven a dos hombres besándose en la calle boca a boca, pero a mí me resulta desagradable, y lo mismo si son dos mujeres, pero, de todas formas, sería preferible que esas pasiones se reservasen para la intimidad de cada uno.

Ser homosexual debería ser tan natural como ser vegetariano, y no por eso tienes que ir por ahí exhibiéndote vestido de lechuga.

Un abrazo, amigo, y hasta el martes que viene.

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