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OBSERVATORIO

Retomar la política fiscal discrecional

Los acontecimientos económicos iniciados en 2007 pusieron de manifiesto el peligro de las crisis financieras y han hecho que los investigadores intenten redescubrir el papel y la complejidad del sector financiero, en general, y bancario en particular.

Lo que ha pasado después, durante los últimos once años, también ha servido para cuestionar la presunción, defendida por algunos sectores de la profesión económica, de que las economías tienden a auto estabilizarse. Ya lo decía Keynes: a largo plazo, todos muertos.

Olivier Blanchard y Larry Summers han planteado la cuestión de si, como consecuencia de esta gran crisis, los economistas y los responsables políticos serán capaces de aprender algo útil para reenfocar las orientaciones de las políticas macroeconómicas. Así, dicen ellos, sucedió tanto después de la Gran Depresión de los años 30 del siglo XX, como tras la estanflación de los 70.

De momento sabemos que la crisis hizo que la generalidad de los bancos centrales, precedidos por la Reserva Federal de EE UU, cambiaran de forma drástica la forma en la que desarrollaban la política monetaria, hasta ese momento, esencialmente, a través de la modificación del tipo de interés a corto plazo, introduciendo nuevos elementos, calificados de carácter heterodoxo, como las diversas formas de materializar la flexibilización cuantitativa, después de haber comprobado que incluso dejando los tipos de interés a cero, no era suficiente para animar la demanda agregada.

Son muchos los que ya habían mostrado su escepticismo sobre la capacidad de la política monetaria para estimular la demanda, mediante la reducción de los tipos, como consecuencia de la trampa de la liquidez.

En los momentos iniciales de la crisis, las principales economías del mundo se pusieron de acuerdo para utilizar la política fiscal discrecional como un instrumento esencial de estabilización. No obstante, los déficits presupuestarios crecientes y el consiguiente aumento del nivel de endeudamiento hicieron que la inicial expansión fiscal se recondujera hacia posiciones de consolidación de las cuentas públicas (lo que popularmente se ha conocido como austeridad) con la intención de controlar la deuda.

Se trata de una política "discutible". Es verdad que, como consecuencia de la crisis, los niveles de deuda son, en términos comparativos de la historia reciente, extraordinariamente altos. Pero también lo es que, fruto de la agresiva política monetaria desarrollada, los tipos de interés, no sólo a corto plazo, son históricamente bajos. Así que estamos en un entorno no demasiado usual, en base al cual hay quienes se plantean por qué debiéramos preocuparnos tanto por el endeudamiento, cuando los tipos de interés están por debajo de la tasa de crecimiento de la economía. Obviamente no debiera ser el caso, si hubiera alguien capaz de asegurar que esa diferencia es sostenible en el tiempo, pero no sólo es imposible estar seguro de ello, sino que ni tan siquiera es probable.

En cualquier caso, la realidad nos ha demostrado que la economía puede verse afectada por impactos muy fuertes, sin que podamos esperar que se estabilice de forma automática. De hecho, sin una respuesta tan contundente como la ejercida por los bancos centrales, inundando la economía de liquidez, podemos estar seguros que las consecuencias hubieran sido mucho más dramáticas que las vividas. Creo que ha faltado una mayor dosis de respuesta fiscal, relajando algo más la actitud frente a la consolidación, y no olvidar que unas políticas, fiscal y monetaria, decididas, son, simplemente, esenciales.

La política fiscal ha sido particularmente timorata en la Unión Económica y Monetaria europea. Las estrictas políticas fiscales alemanas se han impuesto en la gobernanza económica europea hasta niveles insospechados. Ello podría tener un sustento ideológico razonable para las fuerzas conservadoras, ya que a pesar del éxito de las políticas económicas en el periodo que va desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta los años setenta -la etapa de mayor crecimiento y estabilidad vivida por el mundo occidental- los conservadores nunca han querido "comprar" las ventajas del estado del bienestar. Así que, desde la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría, y, más tarde, particularmente como consecuencia de la Gran Recesión que siguió a la crisis financiera internacional, encontraron la excusa perfecta para poner en práctica unos recortes que, en algunos casos, han sido auténticamente salvajes. Era "necesario" hacer sacrificios para resolver la crisis.

El problema es que el mensaje ha ido calando, y hoy, el ministro de finanzas alemán, Olaf Scholz, supuestamente socialdemócrata, sigue a pie juntillas las tesis de su antecesor, Wolfgang Schäuble, dispuesto a desarrollar políticas ordo liberales que no benefician a los ciudadanos alemanes y que perjudican seriamente a sus socios en la UEM. También el ministro de finanzas del presidente francés Emmanuel Macron, un teórico centrista de carácter progresista, ha apuntado que su gestión se encamina a alcanzar el déficit cero. Vaya obsesión.

Algunos apuntan, sin exageración alguna, que Europa se ha instalado en políticas sádicas, que perjudican fundamentalmente a los más pobres y, en general, a los asalariados. Alemania, Francia y otros países de la UEM tienen actualmente una situación económica que les permitiría mantener unas políticas un poco más expansivas que, además, ayudarían a resolver las presiones presupuestarias. Si una economía crece lentamente, reducir la demanda agrava el problema; la austeridad basada en el Pacto de Estabilidad simplemente es contraproducente, porque obliga a renunciar, a cambio de nada, a la posibilidad de desarrollar una política fiscal discrecional.

Y más allá del esencial papel que puede jugar la política fiscal como instrumento de estabilización de la economía, también debiéramos pensar en su valor potencial para corregir las desigualdades.

El mundo ha visto reducir la desigualdad global, como consecuencia de la evolución del papel de países como China e India en el comercio internacional, pero la desigualdad ha ido aumentado internamente en los países occidentales desde la década de los ochenta del pasado siglo. Ahora que parece que las cosas empiezan a ir mejor, las autoridades económicas tienen la oportunidad de abordar el problema de la desigualdad y una vía para ello es utilizar la política fiscal discrecional.

Podrían citarse muchos más posibilidades, pero, a título de ejemplo, es suficiente quedarse, simplemente, en lo obvio. El gasto en educación y en salud juega un papel esencial para corregir a largo plazo la desigualdad procedente de la distribución de las rentas de mercado, promoviendo la movilidad social, tal y como ya sucedió en el pasado. Apostemos por ello.

Que nadie pretenda engañar: la eficiencia es perfectamente compatible con la equidad.

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