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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Al azar

El guardaespaldas favorito de los Macron

Henry Kissinger ha confesado a los 95 años que Emmanuel Macron es el único estadista contemporáneo que le merece atención, una categoría superior al respeto. El presidente francés cita de memoria a Victor Hugo, comparen con su imitador Albert Rivera. A partir de tan acentuado pedigrí, qué probabilidad existe de que escoja como consejero en el Elíseo a un descerebrado, que celebra el Primero de Mayo disfrazándose de policía para agredir a los manifestantes. Es imposible, pero ocurrió.

Aceptando el error de apreciación cometido con el violento Alexandre Benalla, qué probabilidad existía de que Macron saldara la crisis con un leve palmetazo a su gorila de confianza. Mínima, pero también ha ocurrido. Solo el afloramiento de un vídeo de las agresiones, que desata los fantasmas de las fuerzas parapoliciales y de la OAS, obligó a despedir con precipitación al extraño integrante de la claque presidencial.

Benalla es el único habitante del Elíseo que no se encomienda a Sartre antes de sacudir con la porra. Un gobernante tan ambicioso y clasista como Macron, ejecutivo de los Rothschild, no pestañea al desprenderse del mastín que ha mordido a un extraño. De ahí el estupor, que se disuelve al leer una crónica de Le Monde con ribetes eróticos. "Monsieur Benalla se convirtió en pocos meses en un íntimo de la pareja Macron, acompañando al jefe del Estado y a su esposa en su apartamento parisino, o en su residencia familiar, donde se le vio montar en bicicleta con Monsieur Macron, o formar pareja al tenis..."

Por lo visto, el comportamiento de Dominique Strauss-Kahn no supone un mérito sino un requisito en la Francia postimperial. El presidente y su profesora, Brigitte Macron, encontrarían un párrafo de Stendhal que encaje con la situación. En la civilización de las teleseries, el guardaespaldas favorito de los Macron induce de inmediato a una comparación con el comportamiento "íntimo", otra vez Le Monde, con el escolta de Frank y Claire Underwood.

Los protagonistas de House of Cards mantienen una relación equívoca con Edward Meachum, su guardaespaldas de máxima confianza en todos los sentidos. A partir de este incidente, se multiplican las equivalencias entre la serie de culto y los cultos en serie del Elíseo. Ojalá que la realidad se ahorre el desenlace luctuoso de la ficción. Y que Kissinger le enseñe a Macron que el poder no consiste en elegir a los mejores, sino en sacrificarlos al primer traspié.

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